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La historia del Instituto de Astrofísica de Canarias

Origen y desarrollo de un modelo que acabaría situando a Canarias en el centro de la astronomía mundial.

SOÑANDO ESTRELLAS
ASÍ NACIÓ Y SE CONSOLIDÓ LA ASTROFÍSICA EN ESPAÑA
Francisco Sánchez
Instituto de Astrofísica de Canarias, 2019
420 págs.

Francisco Sánchez llegó a Tenerife en 1961 con el encargo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de evaluar la pureza de los cielos para efectuar observaciones astronómicas en los picos adyacentes al Teide. Recién licenciado en física y especializado en óptica, aquel viaje lo convirtió en astrofísico y en un apasionado del cielo canario. Toledano de origen, hizo de aquellas cumbres su hogar y en ellas fundó primero una familia y después el embrión de lo que sería el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), inaugurado oficialmente en 1982 y dirigido por él mismo hasta 2013.

Soñando estrellas contiene sus memorias científicas e institucionales. Con una prosa amena y plagada de anécdotas jugosas, «Paco» describe al detalle la singularísima aventura que situó a Canarias en el mapa de la astrofísica mundial. Es, por tanto, una historia de la astrofísica en España. Y aunque esta puede y debe completarse con la de otros centros, es un lujo disponer de una versión de primera mano, contada con atención a los cambiantes contextos económicos y políticos, y propia de quien los ha sufrido y los ha sabido aprovechar. También puede leerse como una guía para la organización de la investigación científica en ambientes no siempre favorables y en un país científicamente periférico pero con bazas con las que negociar con los más grandes.

El libro, que cuenta con versión inglesa, está prologado nada menos que por Brian May, mítico guitarrista de Queen y de los primeros investigadores doctorales que acogió el observatorio de Tenerife. Sus 24 capítulos, cortos y directos, están ilustrados por fotografías e imágenes históricas que los hacen aún más legibles e informativos. Es cierto que la obra contiene más detalles sobre el politiqueo necesario para sacar adelante el IAC y sobre la fabricación e instalación de los instrumentos que información sobre avances científicos. Pero estos últimos (con descubrimientos de posibles agujeros negros, enanas marrones y otros muchos) son públicos y notorios. Los primeros, en cambio, el lector solo los encontrará aquí o en los archivos. Y si cambiamos «politiqueo» por «relaciones legales e institucionales, mercadotecnia y diplomacia científica internacional», comprobaremos que nos hallamos ante un valioso documento de cómo funciona la ciencia más allá de los eslóganes y las buenas palabras.

Que las estrellas titilen es un efecto óptico causado por las perturbaciones atmosféricas. Isaac Newton predijo, sin subirse a ningún pico, que su observación desde altitudes mayores a los 2000 metros sería mucho más nítida. A mediados del siglo XIX, el astrónomo Charles Piazzi Smyth, alentado por la fama internacional otorgada a Tenerife por expedicionarios de la talla de Alexander von Humboldt, comprobó esta predicción experimentalmente con mediciones a diferentes altitudes a lo largo de la isla (de las que, según explica Sarah Dry en su reciente Waters of the world, aprendió tanto de la propia atmósfera terrestre como de los astros).

Fue ahí donde empezó la fama internacional del cielo canario. A ello siguieron varias expediciones internacionales y la creación del observatorio meteorológico militar de Izaña, a los pies del Teide. En 1959, un nutrido grupo internacional de astrónomos fue a Tenerife a observar un eclipse total de Sol. Esto puso a la isla en el radar de los astrónomos españoles (José María Torroja y el padre Antonio Romañá), y el Observatorio del Teide, que por entonces existía prácticamente solo sobre el papel, contrató al joven licenciado Sánchez para redactar un informe sobre la visibilidad del cielo en Izaña.

Como hiciera un siglo antes Piazzi Smyth, Sánchez dedicó su viaje de bodas a su primera expedición a Tenerife: «Entramos en el atormentado paisaje de las Cañadas del Teide. Penetramos en un mal país arado por cíclopes, con montones de enormes pellas basálticas rojipardas, cual “almendras garrapiñadas” gigantes, salpicadas de obsidiana de un negro azabache brillante. Ríos secos de lava petrificada cayendo desde las cumbres formaban al llegar a la gran caldera de las Cañadas encrespados mares de piedra en movimiento, pese a su quietud de siglos».

Para llevar a cabo la tarea encomendada, Sánchez hubo de aprender astrofísica como pudo. Por ejemplo, con un viaje de formación a Bélgica y Francia en 1962. Allí decidió ampliar los planes originales e improvisó el primer acuerdo internacional para traer un telescopio, en este caso uno de Burdeos especializado en luz zodiacal [véase «Luz zodiacal», por Francisco Sánchez y Antonio Mujica; Investigación y Ciencia, mayo de 1977].

El acierto de Sánchez fue establecer este acuerdo como modelo de otros, que, en la siguiente década, fueron trayendo instrumentos de observación y expertos extranjeros. España pondría el cielo, y los países más punteros la tecnología y el conocimiento científico. En explícita oposición al modelo colonial que, en lugares como Chile, había malvendido terrenos para mayor gloria de astrónomos y astrofísicos de países pudientes, Sánchez exigía que los acuerdos incluyeran formación de investigadores españoles. El Tratado Multinacional de Astronomía, firmado en 1978, ratificó dicho modelo.

En los años sesenta, el empeño y la voluntad de este joven entusiasta suplían las carencias económicas y científicas de un proyecto que partía de él y de sus colaboradores más que de las altas instancias de la investigación española. Pero también es verdad que, en el camino, contó tanto con ayudas técnicas puntuales (por ejemplo, del Instituto de Óptica del CSIC y de la Junta de Energía Nuclear) como con aliados políticos y económicos.

En 1969, y en un panorama dominado por astrónomos (que en la España del momento eran matemáticos dedicados a calcular posiciones), Sánchez se doctora con una tesis explícitamente astrofísica; disciplina que, más allá de posiciones, no temía adentrarse en la estructura, composición y origen de los cuerpos celestes. En 1970 introduce cursos de astrofísica en La Laguna y, en 1973, logra la creación del Instituto Universitario de Astrofísica, adscrito a esa Universidad, así como la primera cátedra de astrofísica en España. Como estrategia para afianzar la disciplina, se hace vicerrector. Las revueltas estudiantiles le llevan a ser nombrado rector en funciones en enero de 1978. Y, a principios de los años ochenta, abandona la docencia y su propia investigación para evitar interferencias con su tarea organizativa [véase «Francisco Sánchez: Gestor estelar», por Alina Quevedo; Investigación y Ciencia, octubre de 1997].

Entretanto, el IAC fue creciendo en autonomía, instrumentos, colaboraciones internacionales e investigadores. Obstáculos como la envidia, la competencia por recursos o la cerrazón burocrática e ideológica se vencieron con tesón y aliados potentes. Algunos hitos fueron la instalación de talleres de instrumentación en 1975; la adición del Observatorio del Roque de los Muchachos en 1979; la creación de un comité evaluador externo en 1983; la presentación al público internacional en 1985 (en unos fastos llenos de reyes y aristócratas); la Ley del Cielo de 1988 (y la creación, años después, de certificados Starlight); el lanzamiento de la Escuela de Invierno de Astrofísica de las Islas Canarias en 1989; la fundación, en 1992, de la Sociedad Española de Astronomía; la inauguración en 1993 del Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife; el diseño de carga científica de cohetes espaciales en los años noventa, y, muy destacadamente, la instalación del Gran Telescopio Canarias (GTC) en 2007. Con 10,4 metros de diámetro, el mayor telescopio óptico-infrarrojo del mundo fue diseñado y construido casi íntegramente por empresas españolas.

Pero no todo son éxitos en la historia del Instituto de Astrofísica de Canarias. Sin ir más lejos, el propio GTC no recibe los fondos necesarios para su total aprovechamiento. En el libro se describen más anhelos frustrados, como el intento de convencer en 2008 al Gobierno de España para que apoyara la candidatura de Canarias al supertelescopio europeo. Como en una buena novela de aventuras, la consolidación de la astrofísica en España ha seguido vericuetos sorprendentes y a veces angustiosos. Lo bueno es que el final está aún muy lejos de escribirse.

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