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La supervivencia del más amable

La selección natural de los rasgos hipersociales permitió que la especie dominante de la Tierra se impusiera a los neandertales y otros competidores.

Los humanos no somos los únicos que experimentamos la autodomesticación: también lo hicieron nuestros parientes más cercanos, los bonobos, y la especie que consideramos nuestra mejor amiga. Los perros y los lobos se diferencian en una mínima fracción del genoma, pero mientras millones de perros se acurrucan plácidamente en nuestros hogares, los lobos rozan la extinción. [MATT HARRISON CLOUGH]

En síntesis

¿Cómo logramos ser la especie humana que sobrevivió? Hace cien mil años, puede que los neandertales tuvieran más opciones de prevalecer.

Homo sapiens se impuso a sus parientes gracias a un proceso de selección natural de la amigabilidad que permitió la aparición de una intensa colaboración grupal.

Este avance social supuso el inicio de las tradiciones culturales y las tecnologías que nos convirtieron en los últimos humanos sobre la Tierra.

Somos los únicos humanos, pero no hace tanto teníamos compañía. En sus aproximadamente 300.000 años de existencia, Homo sapiens ha compartido el planeta con al menos otras cuatro especies humanas. En retrospectiva, parece obvio por qué prevalecimos: éramos los mejores cazadores, los más inteligentes y los más diestros tecnológicamente.

Pero esa solo es la historia que nos contamos a nosotros mismos: otras especies humanas tenían tecnologías más avanzadas, llevaban mucho más tiempo sobre el planeta (un millón de años) o poseían cerebros tan voluminosos como los nuestros, o aún mayores. Si retrocediéramos 100.000 años y tuviéramos que adivinar qué especie humana iba a prosperar, seguramente habríamos apostado por otros humanos, tal vez los neandertales.

Compartimos un antepasado común con los neandertales. Eran más fuertes que nosotros, de pecho grueso y musculoso, y muy hábiles con las armas, lo que les permitió cazar todos los grandes mamíferos de la Edad del Hielo. Incluso compartían con nosotros una variante del gen FOXP2, que se considera necesario para los movimientos perfectamente calibrados que requiere el habla. Su cultura era muy avanzada: los neandertales enterraban a sus muertos, cuidaban de los enfermos y heridos, se pintaban con pigmentos y se adornaban con joyas hechas con conchas, plumas y huesos.

Los primeros H. sapiens que llegaron a Europa se encontraron con una población relativamente numerosa de neandertales que estaban bien adaptados a un clima frío. Más tarde, los humanos modernos huyeron ante el avance de los glaciares, mientras que los neandertales se quedaron y prosperaron. En comparación con nuestros parientes vivos más cercanos, los bonobos y los chimpancés, nuestra especie posee muy poca variación genética. Eso hace pensar que, en algún momento (y quizás en más de una ocasión), experimentamos un cuello de botella poblacional que nos llevó al borde de la extinción.

Si no éramos ni los más fuertes ni los más listos, ¿cómo nos impusimos?

Autodomesticación humana
Resulta que éramos más amigables que las otras especies humanas. Lo que nos permitió prosperar fue una especie de superpoder cognitivo, una clase particular de afabilidad llamada comunicación cooperativa. Somos expertos en colaborar con otras personas, incluso con extraños: podemos comunicarnos con alguien a quien no conocemos acerca de un objetivo común y cooperar para alcanzarlo. Este superpoder se desarrolla antes de que seamos capaces de caminar o hablar, y constituye la puerta de acceso a un complejo mundo social y cultural. Nos permite conectar nuestras mentes con las de los demás y heredar los conocimientos de las generaciones pasadas, y es la base de todas las formas de cultura y aprendizaje, incluido el lenguaje elaborado.

Esta cordialidad evolucionó mediante la autodomesticación. La domesticación es un proceso que conlleva una intensa selección de la amigabilidad. Un animal domesticado, aparte de volverse mucho más amistoso, sufre diversos cambios que parecen no guardar relación entre sí. Este «síndrome de la domesticación» se manifiesta en la forma del rostro, el tamaño de los dientes y la pigmentación de distintas partes del cuerpo o del pelo, e incluye alteraciones en las hormonas, los ciclos reproductivos y el sistema nervioso. Aunque vemos la domesticación como algo que les hacemos a los animales, también puede producirse a través de la selección natural, y entonces se conoce como autodomesticación.

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