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Las limitaciones del PIB

La obsesión por el producto interior bruto ha tenido efectos negativos sobre la felicidad, la salud y el medioambiente. Los economistas quieren reemplazarlo por otros indicadores.

SAMANTHA MASH

En síntesis

Aunque el producto interior bruto se usa de manera casi universal para evaluar el bienestar de una sociedad, en realidad es solo una medida de la actividad del mercado.

La crisis financiera de 2008 dejó claro que necesitamos mejores formas de medir la prosperidad de sociedades y economías, así como su sostenibilidad.

En la última década, destacados académicos han creado un conjunto de indicadores para conducir las sociedades al futuro que anhelan sus ciudadanos. Varios países los están integrando en sus procesos de toma de decisiones.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países han adoptado el producto interior bruto, o PIB, como indicador básico de la prosperidad. El PIB mide la producción del mercado: el valor monetario de todos los bienes y servicios que produce una economía en un determinado período, por lo general de un año. Los Gobiernos pueden caer si ese número baja, de ahí que se afanen por aumentarlo. Pero el crecimiento del PIB no garantiza el bienestar de la sociedad.

En realidad, como observó el senador Robert Kennedy, «el PIB lo mide todo, excepto aquello que hace que la vida merezca la pena». Este guarismo no evalúa la salud, la educación, la igualdad de oportunidades, el estado del medioambiente ni muchos otros indicadores de la calidad de vida. Ni siquiera cuantifica algunos aspectos cruciales de la economía, como su sostenibilidad, es decir, si se encamina o no a una crisis. Y lo que medimos es relevante, puesto que guía nuestras acciones. Los estadounidenses vislumbraron esta conexión causal durante la guerra de Vietnam: los militares concedían tanta importancia al número de bajas (el cómputo semanal de soldados enemigos muertos) que llegaron a realizar operaciones sin otro propósito que elevarlo. Como le ocurre a un borracho que busca sus llaves bajo una farola (porque es donde hay luz), el énfasis en el número de bajas les impedía tener una visión más amplia: las masacres hacían que se unieran al Vietcong más vietnamitas de los que mataba el ejército americano.

Ahora hay otro número de bajas, las causadas por la COVID-19, que se está mostrando terriblemente eficaz a la hora de medir el desempeño de la sociedad. Y no guarda demasiada relación con el PIB. Estados Unidos es el país más rico del mundo, con un PIB que en 2019 superó los 20 billones de dólares. Esa cifra daba a entender que el país poseía un motor económico muy eficiente, un coche de carreras capaz de dejar atrás a cualquier otro. Sin embargo, en junio sumaba ya más de 100.000 fallecidos, mientras que Vietnam, con un PIB de 262.000 millones de dólares (y solo un 4 por ciento del PIB per cápita estadounidense), no registraba ninguno. En la carrera por salvar vidas, ese país menos próspero ha vencido cómodamente a EE.UU.

De hecho, la economía estadounidense recuerda más a un utilitario al que le han quitado la rueda de repuesto para ahorrar gasolina, una estrategia que funciona bien hasta que uno sufre un pinchazo. Y lo que yo llamo la «filosofía del PIB», el tratar de elevar el PIB con la falsa esperanza de que eso baste para aumentar el bienestar, es lo que nos ha metido en este embrollo. Una economía que optimiza sus recursos a corto plazo presenta un mayor PIB en ese trimestre o año. El afán por maximizar este índice macroeconómico se traduce, a nivel microeconómico,  en que las empresas recortan gastos para lograr el mayor beneficio posible a corto plazo. Pero, a la larga, ese enfoque miope compromete el desempeño de la economía y la sociedad.

La sanidad estadounidense, por ejemplo, se enorgullecía de usar las camas de hospital de manera muy eficiente: ninguna permanecía desocupada. Como resultado, cuando el ­SARS-CoV-2 llegó a EE.UU., solo había 2,8 camas de hospital por cada 1000 habitantes (muchas menos que en otros países avanzados) y el sistema no consiguió absorber el repentino aluvión de pacientes. Al no ofrecer bajas médicas remuneradas, las plantas de procesamiento de carne aumentaron sus beneficios a corto plazo, elevando el PIB. Pero los trabajadores no podían permitirse el lujo de quedarse en casa cuando enfermaban, así que siguieron yendo a trabajar y propagaron la infección. De modo similar, como China podía fabricar mascarillas más baratas que EE.UU., importarlas aumentaba el rendimiento económico y el PIB. Sin embargo, cuando golpeó la pandemia y el gigante asiático necesitó muchas más mascarillas de lo normal, no hubo bastantes para los sanitarios norteamericanos. En resumen, el incesante esfuerzo por maximizar el PIB a corto plazo empeoró la atención médica, provocó inseguridad física y financiera, y redujo la sostenibilidad y resiliencia económicas, lo que dejó a los estadounidenses en una posición muy vulnerable frente a la crisis, en comparación con los ciudadanos de otros países.

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