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Pistas prehistóricas del lince ibérico

El estudio de señales y fósiles arroja luz sobre el comportamiento del felino hace 30.000 años.

En los fósiles de conejo hallados en el yacimiento de la Cova del Gegant, en Sitges, se observan mordeduras inequívocas de los linces (imagen), pero también señales de corte realizadas por humanos. Ello indica que ambos tuvieron como presa el conejo en la cueva en distintos momentos. [CORTESÍA DEL AUTOR]

El lince ibérico (Lynx pardinus) estuvo a punto de extinguirse a principios del siglo XXI. Entre Doñana y ­Sierra Morena, en Andalucía, se contaban menos de 200 ejemplares. Sin embargo, durante el último medio millón de años el lince fue uno de los carnívoros más abundantes en toda Iberia. Sus restos fósiles se han encontrado por centenares en decenas de yacimientos, especialmente en grutas y cuevas de origen calizo. Nuestras últimas investigaciones, publicadas en Scientific Reports, arrojan luz sobre el comportamiento pasado de uno de los mamíferos más emblemáticos de los ecosistemas ibéricos y nos permiten entender por qué conservamos tantos restos de ellos.

Enigmas zooarqueológicos

Los ecosistemas del Pleistoceno ibérico han llegado hasta nosotros a través del registro fósil. Este mundo perdido se configuró al compás de ciclos glaciares (fríos) e interglaciares (cálidos), los cuales se sucedieron en una letanía de más de dos millones de años. Hace unos seiscientos mil, el clima se volvió más frío y los ecosistemas menos diversos. De esta época, denominada Pleistoceno tardío, datan las faunas más populares de la Edad de Hielo. Osos, hienas y leones de las cavernas (Ursus spelaeus, Panthera spelaea y Crocuta spelaea) atraen nuestra atención. Sin embargo, el lince ibérico (Lynx pardinus) fue mucho más común: sus restos fósiles aparecen tanto en el arco mediterráneo como en la meseta y la fachada atlántica, aunque su distribución se extendió más allá de los Pirineos, hasta la costa de Liguria.

A menudo, los fósiles de lince ibérico aparecen asociados a grandes cantidades de restos fósiles de conejo, la presa favorita del felino. No obstante, esta asociación típica del registro paleontológico ibérico no tenía hasta ahora una explicación clara. La razón es que en esta región el conejo de monte (Oryctolagus cuniculus) también constituyó una presa esencial para la subsistencia de los humanos del Paleolítico superior y el Mesolítico.

Durante décadas, los zooarqueólogos han tratado de descifrar la naturaleza de las acumulaciones masivas de restos de conejos en los yacimientos pleistocenos. De hecho, para algunos investigadores el consumo humano de pequeñas presas, especialmente lepóridos pero también aves, era más común de lo que se pensaba. Como demostraron Eugene Morin, de la Universidad de Trent, en Ontario, y sus colaboradores en un artículo publicado en Science Advances en 2019, homínidos arcaicos como los neandertales y preneandertales pudieron tener dietas más amplias en el noroeste del Mediterráneo que en otras partes de Europa, en las que se consumía sobre todo animales de gran tamaño, como bisontes, cérvidos y otros ungulados.

Pero, además de los humanos, numerosos depredadores ibéricos, como el águila imperial y el búho real, basaban su alimentación en el conejo, lo que genera un amplio abanico de probables agentes modificadores y acumuladores de sus restos.

La tafonomía arqueológica, o zooarqueología, es la disciplina que trata de desentrañar la génesis de los fósiles, desde el momento en que forman parte de organismos vivos hasta que los especialistas los recuperan en las excavaciones y las prospecciones arqueo-paleontológicas. Los zooarqueólogos adoptan a veces un enfoque actualista: utilizan modelos generados por carnívoros vivos como marco de referencia para deducir comportamientos anteriores. Examinan cuáles son sus principales presas actuales, cómo rompen sus huesos, cómo son las marcas dejadas por sus dientes o cómo descartan y acumulan los huesos de sus víctimas una vez consumidos.

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