Clonación con fines médicos

Una vez logradas la modificación genética de los mamíferos y su reproducción ulterior, la biomedicina busca sacarles partido a esas posibilidades técnicas.
El nacimiento en el verano de 1995 de dos corderos en el Instituto Roslin, cerca de Edimburgo, anunciaba lo que en opinión de muchos habría de ser un período de oportunidades revolucionarias en biología y medicina. Megan y Morag, gestados los dos por una madre subrogada (''de alquiler''), no resultaron de la unión de un espermatozoide y un óvulo. Su material genético procedía de cultivos de células extraídas de un embrión de nueve días, lo que convirtió a Megan y a Morag en copias genéticas, en clónicos del embrión.
Antes del caso de los corderos, los expertos sabían ya cómo obtener ovejas, vacas y otros animales mediante la copia genética de células extraídas de embriones precoces. Constituía, sin embargo, una tarea laboriosa. Nuestro trabajo auguraba una clonación más cómoda, gracias a las propias condiciones de la manipulación de células en cultivo. Además, según quedaba evidenciado con Megan y Morag, no importa que las células se hallen parcialmente especializadas o diferenciadas, para que pueda reprogramarse su genética y entonces funcionar como si se tratara de células de un embrión precoz. Una posibilidad en la que pocos biólogos hubieran creído.

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