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ARGUING ABOUT SCIENCE

Edición preparada por Alexander Bird y James Ladyman. Routledge; Londres, 2013.

Existe una benemérita tradición anglosajona de edición de introducciones generales a un autor. Lo mismo se trate de Kant que de Newton. Son los famosos Companion to. Otro tipo de colección es la que corresponde a la reunión de artículos clásicos (antiguos y recientes), agavillados por temas y explicados por una mano experta. A este género literario corresponde el libro de cabecera, antología que se organiza en torno a nueve secciones: ciencia, no ciencia y pseudociencia; ciencia, raza y género; razonamiento científico; explicación científica; leyes y causalidad; ciencia y medicina; probabilidad y ciencia forense; riesgo, incertidumbre y política científica; realismo científico y antirrealismo. Se mezclan, pues, problemas de larga historia en filosofía de la ciencia con otras cuestiones más apegadas a los intereses prácticos que rodean a la ciencia. Con un caveat general: podemos alcanzar mucho conocimiento bona fide que no es científico.

Suele ser moneda de uso corriente la idea de que el avance de la ciencia entraña, a modo de consecuencia inevitable, la retirada del pensamiento filosófico. De manera rutinaria, se menciona el caso de los atomistas de la Grecia clásica que especulaban sobre la naturaleza de la realidad material, una especulación que se fue sustituyendo por el desentrañamiento de los componentes últimos de la materia con el avance de la química y la física. De igual modo, la psicología experimental y la neurociencia se hallarían ahora colonizando un territorio que fue antaño dominio soberano de filósofos, poetas y artistas; aspectos de la mente humana tales como la imaginación, el lenguaje y el libre albedrío quedarían, en un breve plazo de tiempo, confinados dentro del vallado exclusivo de la ciencia. Pero la propia ciencia ha servido para retroalimentar, con sus nuevos conocimientos, cuestiones de muchos ámbitos de la filosofía. Pensemos, por ejemplo, en el progreso de la investigación cerebral y los dilemas neuroéticos que comporta. Por otro lado, la naturaleza, métodos y objetivos de la ciencia se hallan en continuo proceso de contrastación y evolución. La reflexión filosófica sobre ello ha contribuido a la depuración del propio quehacer científico.

En el sentir común, la ciencia va asociada a lógica, investigación empírica, razón y racionalidad. El significado original del término scientia es conocimiento, no uno cualquiera, sino el dotado de pruebas, justificación y razón. La palabra no se empleó en su sentido técnico actual hasta el siglo XIX, cuando las disciplinas y las instituciones científicas alcanzaron su madurez tras sus inicios dos centurias antes, a partir de raíces antiguas y medievales. Ese advenimiento de la revolución científica, a mediados del siglo XVII, tiene su componente más destacado en el giro copernicano, que sustituyó la idea de una Tierra fija e instalada en el centro del universo (geocentrismo) por la hipótesis de unos planetas, incluido aquélla, que se movían alrededor del Sol (heliocentrismo). No se trataba de una disputa solo astronómica, sino que además ponía en cuestión la física aristotélica, en particular la explicación de la gravedad.

Otra característica de la revolución científica que merece mencionarse, en cualquier historia de la ciencia por breve y sumaria que sea, concierne al desarrollo extraordinario del conocimiento en numerosos dominios en un período corto de tiempo. Recordemos: las leyes de Kepler sobre el movimiento de los planetas (1609), la circulación de la sangre (Harvey, 1628), la primera ley de los gases ideales (Boyle, 1662) y la mecánica de Newton (1689). Menos la tercera, todas implicaban el abandono de ortodoxias muy arraigadas. Kepler arruinó la idea antigua de que todos los movimientos celestes eran circulares. Con Newton desapareció la creencia de que todo movimiento venía causado por contacto, con su fuerza gravitatoria misteriosa, aunque matemáticamente precisa (actio in distans). Harvey rechazó la ortodoxia que arranca de Galeno según la cual la sangre es creada por el hígado y la función del corazón se limita a aportar calor. La mecánica de Newton introdujo los conceptos de masa, fuerza y velocidad; constaba de tres leyes del movimiento y una ley de gravitación universal; unificó con acierto las leyes de Kepler sobre el movimiento de los planetas, las leyes de Galileo sobre la caída libre y el péndulo; explicaba las mareas en términos de la gravedad lunar; y predijo la vuelta del cometa Halley, la existencia de Neptuno y el hecho de que la Tierra no es redonda, sino achatada por los polos.

Revela también la historia que la ciencia no es siempre fiable. Abundan los ejemplos de tesis asentadas que resultaron erróneas. Lo habitual es que la corrección y refinamiento del conocimiento establecido ocurra en los márgenes, aunque hay también revisiones en componentes fundamentales de las teorías. En todo caso, someter las teorías y métodos científicos a permanente escrutinio se hace obligado para descubrir puntos débiles. Si ponemos las teorías en el centro de la naturaleza de la ciencia, les exigiremos precisión matemática, leyes que unifiquen fenómenos dispares y poder predictivo (de hechos que no se han observado todavía). Este enfoque, no obstante, adolece de ciertas limitaciones. La ciencia contiene teorías muy heterogéneas que cubren un amplio espectro de temas y que cambian en el curso del tiempo. Se dice a menudo que no existen leyes estrictamente matemáticas fuera de la física y, aunque ello pudiera ser una exageración, existe, sin duda, una manifiesta distancia entre las teorías de la física y las teorías de otras ciencias. En una perspectiva positivista de la ciencia, persistente en muchos círculos, el fin de toda ciencia estriba en articular leyes generales bajo las cuales subsumimos todas las observaciones particulares y específicas.

Ahora bien, en última instancia, el problema de separar la ciencia de lo que no lo es se denomina problema de demarcación. Las condiciones que nos facultan para hablar de ciencia son los criterios de demarcación, cuyo desarrollo debemos a Karl Popper. Ningún filósofo ha ejercido tanta influencia sobre el concepto de ciencia. La idea fundamental que introdujo fue negativa. Para Popper la ciencia no versa sobre la prueba y la certeza, sino sobre la refutación y la conjetura. En el marco de su racionalismo crítico, los científicos deben aceptar siempre teorías de una manera provisional; hemos de vivir sin certeza en el conocimiento científico (falibilismo).

Hasta entonces predominaba la explicación inductivista. Por inducción generalizamos a partir de los casos observados. Se trata de un componente básico de la cognición humana que utilizamos en cada momento de forma inconsciente, aunque se supone que, en ciencia, la universalización ha de fundarse en un número sustantivo de datos. En ciencia, generalizar a partir de casos específicos se denomina inducción enumerativa; suele esta expresarse como la inferencia desde «todos los Fs son Gs observados» hasta «todos los Fs son Gs», donde F y G denotan propiedades de cosas (F puede ser un planeta y G un objeto que se desplaza trazando una elipse). Hans Reichenbach generaliza esta forma de inducción como sigue: si se han observado m Fs y n de ellos son G, entonces la proporción de todos los Fs que son G es n/m. Newton se mostraba convencido de que su método era inductivo.

Popper se percató de que las teorías científicas genuinas eran, en realidad, falsables, en el sentido de que realizan predicciones que podrían resultar falsas. Cuanto más predictivas son las teorías y cuanto más precisas y arriesgadas esas predicciones, tanto más falsable es la teoría y mejor es. Por eso, el método científico consiste en falsar las teorías, no en confirmarlas. Cierto es que recurre a la idea de «corroboración» de las teorías cuando han superado numerosos intentos de falsación, lo que algunos han considerado otra manera de aceptar la confirmación y seguir anclado en la inducción. Sabido es que Thomas Kuhn dio un vuelco epistemológico en el panorama popperiano cuando escribió The structure of scientific revolutions, una historia de la ciencia que sugería que las pruebas y la razón no determinaban qué teorías se abandonaban y qué teorías se aceptaban. Apelaba a las fuerzas sociales como factores que intervenían en el desarrollo de la ciencia.

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