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1 de Octubre de 2002
Sociología

Del miedo y del terrorismo

La destrucción física causada por los ataques del 11 de septiembre tuvo repercusiones psicológicas dañinas. La protección de la salud mental pública debe ser un componente de la defensa nacional contra el terror.
El 11 de septiembre de 2001 los Estados Unidos sufrieron los peores ataques terroristas de su historia. A la destrucción de las torres gemelas del World Trade Center siguió pronto el bioterrorismo de unas cartas impregnadas de carbunco que mataron a cinco personas y obligaron a cerrar el Capitolio. La respuesta norteamericana fue rápida: una guerra en Afganistán y mayor asignación presupuestaria para la defensa militar. Otra reacción consistió en un oportuno aumento de los fondos destinados a apuntalar la infraestructura de la sanidad pública, cuya financiación venía siendo crónicamente deficitaria.
Muchos de estos gastos se orientarán a dar nuevo vigor a la epidemiología de las enfermedades infecciosas; el esfuerzo nos hará más capaces de detectar nuevos agentes patógenos y de controlar los brotes de morbos infecciosos. El estar bien preparados no sólo defiende a la población contra los ataques biológicos, sino que favorece una mejor reacción sanitaria ante los brotes naturales, como el del VIH y el del virus del Nilo Occidental. Pero otra importante respuesta al terrorismo es la de atender a un vital componente médico de la defensa del país: la salud mental pública.

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