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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 2011Nº 412

Cosmología

Mundos oscuros

La materia oscura podría estar compuesta por una gran variedad de partículas que interaccionan entre sí a través de nuevas fuerzas de la naturaleza.

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El 23 de septiembre de 1846, Johann Gottfried Galle, director del Observatorio de Berlín, recibía una carta que cambiaría el curso de la astronomía. Procedía de Urbain Le Verrier, quien concluía que la trayectoria de Urano no podía explicarse a partir de las fuerzas gravitatorias que actuaban sobre él. Le Verrier proponía la existencia de un objeto, hasta el momento desconocido, cuya atracción gravitatoria perturbaría la órbita de Urano en la medida necesaria para dar cuenta de las observaciones. A partir de las instrucciones de Le Verrier, Galle se dirigió a su telescopio y esa misma noche descubrió Neptuno.

Hoy, la cosmología moderna se encuentra en una situación similar. Los movimientos anómalos de algunos cuerpos celestes han permitdo deducir la existencia de cierto tipo de materia cuya composición los expertos aún tratan de descifrar. En lugar de Urano, hoy son las estrellas y las galaxias quienes no se comportan como cabría esperar; en vez de Neptuno, se postula la existencia de lo que, por el momento, denominamos materia y energía oscuras. Aunque desconocemos su naturaleza, algunas de sus propiedades pueden inferirse a partir de las irregularidades observadas. La materia oscura parece componerse de un mar de partículas invisibles que se distribuyen de manera heterogénea por el espacio; en cambio, la energía oscura se reparte de modo uniforme, asociada de alguna manera al espacio mismo. Aún queda por emular el logro de Galle: apuntar al cielo con el instrumento adecuado y descubrir de qué se trata. Sin embargo, en algunos detectores de partículas ya han comenzado a registrarse señales intrigantes.

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