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Vidrios metálicos

Cuando el desorden estructural se convierte en una ventaja.

Wikimedia Commons

Cuando se menciona la palabra vidrio, a uno le vienen a la mente imágenes de ventanas, botellas o frascos «de cristal». Todos estos objetos se encuentran formados por materiales inorgánicos transparentes, frágiles y duros, compuestos en su mayor parte por óxido de silicio y carbonatos de sodio y calcio. Desde un punto de vista microestructural, los vidrios no son cristales, sino materiales amorfos: la disposición de sus átomos no sigue ningún patrón geométrico regular.
Los metales, por otra parte, suelen presentar una estructura atómica ordenada o cristalina; sin embargo, bajo determinadas condiciones también pueden adoptar estructuras amorfas. Tales materiales se denominan vidrios metálicos. Destacan por sus particulares propiedades mecánicas: pueden ser hasta tres veces más duros que los aceros, más elásticos que los materiales cerámicos y resultan menos frágiles que los vidrios transparentes basados en óxidos. Además, sus propiedades magnéticas (baja coercitividad, elevada permeabilidad o alta magnetización de saturación) permiten aplicaciones en núcleos de transformadores eléctricos. La mayoría de los vidrios metálicos muestra una gran resistencia a la corrosión, por lo que algunos se utilizan como biomateriales para implantes óseos o recubrimientos dentales.

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