La máquina de conexión

La mayoría de los ordenadores tienen una sola unidad de procesamiento. En esta nueva computadora en paralelo, 65.536 procesadores trabajan a la vez. La velocidad así obtenida transformará el campo de la inteligencia artificial.

Los cambios experimentados por los ordenadores digitales en los tres últimos decenios han sido muy notables. Disponemos hoy de calculadoras de mano cuya potencia de cómputo exigía no hace mucho toda una sala llena de válvulas termoiónicas. Podemos ya realizar en segundos complejos cálculos que antes hubieran exigido días. Y, no obstante, en ciertos aspectos fundamentales, el diseño de los ordenadores ha permanecido invariable desde los días del ENIAC (una de las primeras máquinas digitales de gran tamaño, construida en la Universidad de Pennsylvania durante la segunda mitad del decenio de 1940) hasta la actual generación de superordenadores. La inmensa mayoría de los ordenadores modernos, desde los superordenadores a los microprocesadores, se asemejan al ENIAC en que la memoria y la unidad central de procesamiento constituyen, en ellos, entidades separadas. Para efectuar un cómputo es preciso tomar de la memoria los datos adecuados y trasladarlos hasta el procesador, donde se opera sobre los mismos, para finalmente devolverlos a la memoria.

Los diseños de este corte se denominan secuenciales, porque las operaciones de procesamiento se realizan de una en una. Las razones para la adopción del diseño secuencial fueron esencialmente utilitarias. En los primeros tiempos de la computación digital la memoria y la unidad central de procesamiento estaban construidos con materiales diferentes. Dado que la memorización era más barata que el procesamiento, resultaba deseable maximizar la eficiencia de la unidad de procesamiento, aunque fuera a expensas de la eficiencia de la memoria. Y eso es precisamente lo que hace el diseño secuencial. Sin embargo, en nuestros días la memoria y el procesador central son microcircuitos que se fabrican a partir de unas mismas obleas de silicio y por idénticas técnicas de trazado y grabación. En un ordenador típico, más del 90 por ciento de este silicio está dedicado a memoria. Y aunque el procesador central está maravillosamente bien ocupado, el grueso del resto ha de permanecer casi constantemente ocioso. Dado que el precio del silicio procesado, empaquetado y convertido en microcircuitos ronda en torno al millón de dólares por metro cuadrado, parece recurso demasiado caro para desperdiciarlo con tanta alegría.

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