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1 de Septiembre de 2008
Agrología

La buena tierra

La lentitud con que el suelo se recupera hace de su conservación una tarea vital.

GETTY IMAGES

Uno de los principales inconvenientes del laboreo tradicional es que favorece la erosión del mantillo, sobre todo en los terrenos abruptos. La labranza deja la superficie del suelo desprotegida y vulnerable a las escorrentías; cada pasada del arado empuja tierra ladera abajo. Como resultado, con el tiempo la tierra pierde grosor. Lo que dure ese proceso depende no solo del ritmo al que el arado empuje la tierra ladera abajo (y el viento y las escorrentías la arrastren consigo), sino también de la velocidad con que las rocas subyacentes se deshagan para formar tierra nueva.

En la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando el Servicio estadounidense de Conservación del Suelo (actual Servicio de Conservación de los Recursos Naturales) empezó a definir los índices tolerables de erosión del suelo a partir de terrenos agrícolas, apenas se disponía de información sobre el ritmo de generación de suelo. La agencia determinó los valores tolerables de pérdida edáfica (valores T), basándose en lo que podrían hacer los agricultores para limitar la erosión sin unas «repercusiones económicas excesivas» y empleando maquinaria agrícola tradicional. Esos valores T corresponden a cifras del orden de dos centímetros y medio de erosión en 25 años. Sin embargo, investigaciones recientes muestran que el ritmo de erosión del suelo es mayor que el de recuperación.

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