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ELLEN WEINSTEIN

El pasado mes de mayo, la Asociación estadounidense de Psiquiatría (APA) publicó la quinta edición de su guía para profesionales clínicos, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, o DSM-5 (cuya primera versión en español saldrá en octubre de 2013). Los investigadores de todo el mundo esperaban ansiosamente el nuevo manual, que, al igual que en otras ocasiones, ha tardado unos catorce años en ser revisado. El DSM describe los síntomas de más de trescientas enfermedades mentales oficialmente reconocidas, como la depresión, el trastorno bipolar o la esquizofrenia, entre otras, por lo que ayudará a los terapeutas, psiquiatras y médicos de familia a diagnosticar a sus pacientes. Sin embargo, adolece de una carencia fundamental: no hace ninguna mención a la base biológica de las enfermedades mentales. En el pasado, ese vacío reflejaba el estado de la ciencia. Durante la mayor parte de la historia del DSM no se conocían con detalle las causas de esas dolencias.

Esa excusa ya no resulta válida. En la actualidad, los neurólogos conocen algunos de los mecanismos que alteran los circuitos cerebrales de la memoria, las emociones y la atención en diversas enfermedades mentales. Desde 2009, el psicólogo clínico Bruce Cuthbert y su equipo del Instituto Nacional de Salud Mental han estado creando un sistema de clasificación basado en investigaciones recientes, que revela cómo la estructura y la actividad de un cerebro enfermo difieren de las de otro sano. Este nuevo sistema no sustituirá al DSM, del que no se puede prescindir debido a su importancia, afirma Cuthbert. Sus colaboradores y él esperan, más bien, que las futuras versiones del manual incorporen información sobre la biología de las enfermedades mentales, con objeto de distinguir mejor un trastorno de otro.

Cuthbert, cuyo proyecto podría recibir financiación de la futura iniciativa para realizar un mapa del cerebro humano, promovida por la Administración Obama, anima a los investigadores a estudiar los procesos biológicos y cognitivos básicos que operan en numerosas enfermedades mentales. Algunos científicos podrían explorar cómo y por qué los circuitos neuronales que detectan amenazas y almacenan recuerdos desagradables se comportan a veces de forma inusual después de sucesos traumáticos, el tipo de cambios responsables, en parte, del síndrome de estrés postraumático. Otros podrían investigar la neurobiología de las alucinaciones, las perturbaciones de los ritmos circadianos o el modo exacto en que la drogadicción altera las conexiones cerebrales.

La meta final consiste en proporcionar nuevos objetivos biológicos para la medicación. «Hoy entendemos el cerebro mucho mejor que antes», afirma Cuthbert. «Nos hallamos inmersos en un gran cambio».

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