NEWTON AND THE ORIGIN OF CIVILIZATION
Por Jed Z. Buchwald & Mordechai Feingold. Princeton University Press; Princeton, 2013.

La reinterpretación del pasado es tarea consustancial a la investigación histórica. No solo la interpretación. En 2006, los arqueólogos descubrieron que el antiguo reino minoico de la isla de Creta era un siglo más antiguo de lo que se venía sosteniendo. La datación por radiocarbono de los anillos de los árboles y semillas, acoplada a la estadística, situó la explosión volcánica de Thera, que verosímilmente terminó con el período minoico, entre 1660 y 1613 a.C. La corrección entraña la reescritura de un capítulo entero de la historia de las civilizaciones. Se venía admitiendo que el período minoico se superpuso con el Reino Nuevo de Egipto, que comenzó en torno al 1550 a.C., y que hubo contactos entre ambas culturas. La revisión de las fechas hace ahora imposible ese encuentro. De mayor trascendencia intelectual es la cronología que asocia neandertales y hombre moderno. En 2010 la aplicación del radiocarbono también puso en cuestión que las obras de joyería y refinamiento de útiles de la Grotte du Renne, en Arcy-sur-Cure (Francia central), fueran creación neandertal; todo apunta a una elaboración del hombre moderno. Hacía largo tiempo que los neandertales se habían extinguido.

Fue Isaac Newton un adelantado en rescribir la historia. Uno de los textos menos difundidos hoy de su saber enciclopédico, entrelazado con sus tesis principales, más familiares, la Chronology of ancient kingdoms amended, apareció en 1728, un año antes de su muerte. Desató un alud de controversias, pues presenta-
ba un cómputo que revisaba de raíz las civilizaciones clásicas, al reducir la historia de Grecia a quinientos años y, a mil, la de Egipto. Newton dedicó media vida a rectificar la historia universal desde la lente de la astronomía y creó un poderoso entramado teórico para interpretar la evolución de la civilización de acuerdo con la dinámica de poblaciones. Apoyándose en los cuadernos inéditos y otras fuentes primarias, Jed Z. Buchwald y Mordechai Feingold concilian el Newton científico con el Newton filósofo natural, alquimista, teólogo y cronologista del mundo antiguo. Ya durante los primeros años en Cambridge, entre 1666 y 1671, Newton desarrolló el núcleo de su método singular para adquirir un conocimiento sólido, método que aplicó al estudio del pasado con el mismo rigor que puso en su trabajo sobre física y matemática. Entró en el Trinity College, de Cambridge, en junio de 1661, a los 18 años de edad. En 1669 se le nombra profesor lucasiano. Dio la primera de sus Lectiones opticae en enero de 1670; junto con la segunda expone el famoso experimento del prisma que había acometido en 1666.

En las disputas anteriores a Newton sobre cronología suelen situarse en líneas enfrentadas el humanista y el científico, el filólogo y el matemático. Aunque no siempre; el humanista Joseph Scaliger mantuvo correspondencia con Johannes Kepler y Tycho Brahe para acotar sus resultados con el armamentario astronómico. Pero las relaciones entre las dos disciplinas se tornaron ásperas cuando Newton introdujo el cómputo en los dominios de la historia y de la filología, hasta el punto de convertir los textos en números. (Einstein, quien replanteó la teoría entera de la gravitación, mostró su entusiasmo por los escritos de Newton sobre temas bíblicos, fuente de los cronológicos. En sus palabras, «aportan una visión profunda de los rasgos intelectuales y métodos operativos de este hombre singular. El origen divino de la Biblia es para Newton absolutamente cierto... De esa confianza parte su firme convicción de que las partes obscuras de la Biblia deben contener importantes revelaciones, para cuya iluminación solo hace falta desentrañar su lenguaje simbólico».)

De sus papeles inéditos se desprende que Newton no dejó durante años de tomar notas extensas de fragmentos, comentarios de autores clásicos (Herodoto, Clemente de Alejandría, Diodoro Sículo y Eusebio), de la Escritura y diversos cómputos astronómicos y genealógicos. El material astronómico lo sacó en buena medida del Uranologion, de Denis Petau, que incluía una traducción latina del Comentario crítico de Hiparco al poema de Arato sobre los cielos (tercer siglo a.C.). Para trazar el origen de la civilización, siguió en un comienzo la tradición y fijó el origen de los reinos al poco del Diluvio, convencido de que los reinos y la vida urbana no emergieron hasta los inicios del primer milenio antes de Cristo. Ni la civilización egipcia ni la griega podían haber existido mucho antes del tiempo del rey Salomón, pensó.

Se sumergió en las profecías, historia de la Iglesia y la alquimia. ¿Qué vínculos veía él entre tal interés y sus investigaciones sobre óptica, mecánica y matemática? ¿Era Newton en su laboratorio de alquimista el mismo Newton que analizaba la trayectoria de la luz a través de un prisma y el que midió el comportamiento de los cuerpos en su caída a través de medios fluidos? ¿Qué tenía que ver el Newton que interpretaba el Libro de la Revelación con el Newton que escribió los Principia Mathematica? ¿Y el Newton que se quemó las cejas en textos antiguos con el autor de la Opticks? ¿Había acaso dos Newton? Son preguntas que siguen abiertas. Si un hilo conductor puede entreverse, ese es el método. El denominado «estilo de Newton», caracterizado por prestar particular atención a los datos y a la conjetura. Lo pergeñó ya en los primeros años de Cambridge y lo aplicó por igual a su cronología que a sus escritos sobre el Apocalipsis. Convencido de que no podía fiarse de los sentidos para generar un conocimiento sólido, buscó superar esa limitación con mediciones sin cuento.

Al abordar la cronología, Newton se apoyaba, en primer lugar, en la investigación contemporánea. Existía en las islas británicas una inquietud de larga historia sobre el origen del lenguaje y de la vida civilizada. Una preocupación que se renovó con las noticias llegadas de la civilización china, sin olvidar el aprecio por las culturas nativas del Nuevo Mundo. A Newton le interesaron sobre todo las cronologías de Egipto, Grecia y de los imperios mesopotámicos. Compartía con sus contemporáneos el afán por desentrañar la cantidad de tiempo requerida para repoblar la Tierra desde el Diluvio de Noé. Cada vez más convencido de que las regularidades observadas en su tiempo debían haber prevalecido entre los supervivientes del Diluvio, ideó una novedosa teoría de la evolución de la civilización, que exigía una nueva cronología. Las poblaciones humanas se expanden, pensaba, de acuerdo con ciertas reglas que implican estadios específicos del desarrollo de la civilización.

Aunque los textos antiguos sugerían a la mayoría de los intérpretes una secuencia y cronometría muy diferentes, Newton se fue convenciendo de que tampoco podía uno fiarse de esas fuentes, a menos que se hubieran ido legando a través de una cadena fiable de transmisión. El primer ejemplo de transmisión fiable para Newton fue la versión masorética de la Escritura. (El marco masorético permitía un tiempo suficiente para sincronizar la historia sagrada y la profana. Mientras que los proponentes de la cronología de los Setenta procuraban expandir los límites del tiempo para acomodar la antigüedad de los reinos antiguos, Newton contrajo el registro histórico de esos reinos para hacer más creíble el recuento tradicional.) Pensaba que los textos —sobre todo los escritos en poesía en vez de prosa— tenían que ser abordados con una gran dosis de escepticismo, lo que le permitía unas reinterpretaciones frecuentes y radicales. Ocurría eso en el último decenio del XVII.

La vehemencia mostrada por Newton en esos asuntos se intensificó con su incorporación en la Oficina del Sello, donde tuvo a su cargo, durante cierto tiempo, la persecución de defraudadores y falsificadores. Su experiencia en tomar testimonio exacerbó su escepticismo sobre la fiabilidad de las palabras, especialmente en las palabras que no podían convertirse en números o equilibrarse con otros testimonios corroboradores. En la cronología, rechazó exposiciones que parecían «cuentos poéticos»; para él, la poesía era una forma sui generis de contar historias ficticias. Ni siquiera las exposiciones en prosa podían tomarse como fiables, a menos que pudieran transmutarse en números. Eso podría hacerse mediante la manipulación inteligente del Comentario de Hiparco. Tras un considerable esfuerzo que requería la conversión del texto en números, Newton extrajo numerosos valores, que promediaba para evitar el error.

El resultado de sus cálculos le dio precisamente lo que buscaba: la cronología tradicional era demasiado larga. Le sobraban cinco siglos. En concreto, la expedición de los argonautas debió haber ocurrido en torno al 939 a.C., no en 1467, como sostenía uno de sus críticos franceses. Igual acontecía con Egipto. Aquí sus argumentos se apoyaban principalmente en la identificación del faraón Sesostris de los egipcios con el Sesac bíblico —una identificación que él halló en la obra de John Marsham—, lo que permitió contraer la historia egipcia en unos seis siglos. La cronología rompedora de Newton desató en Francia un torrente de críticas por miembros de la Académie des Inscriptions et Belles Lettres, que veían puestos en la picota los métodos que ellos empleaban y los resultados a los que llegaban. Newton apenas si se basaba en inscripciones, medallones y monedas, pues sus principales períodos de interés predataban a esos tipos de pruebas. Empleó cálculos muy dispares, que se hallan dispersos en los manuscritos. Unos son simples multiplicaciones o divisiones; otros requieren el uso de tablas trigonométricas, donde los logaritmos son esenciales.

Retiradas las aguas del Diluvio, supuso Newton, Noé se asentó con su familia en Mesopotamia, donde permaneció unida a través de la construcción de la Torre de Babel 101 años más tarde. Tras la confusión de lenguas, Noé se trasladó a Shinar, donde procedió a dividir el mundo para sus tres hijos. Mantuvo junto a sí al mayor, Shem; envió a Ham a Egipto y a Jafet a Asia Menor. Mostrado que las poblaciones y reinos habían evolucionado gradualmente, la génesis de la civilización requería una sucesión de etapas más parsimoniosa. Pues aunque Noé y sus tres hijos hubieran poseído dominio de artes y letras, semejante conocimiento se desvaneció durante los siglos de salvajismo que siguieron al Diluvio. ¿A quien se debe el subsiguiente redescubrimiento del saber? En los manuscritos les concedió el honor a los egipcios, pero en la Chronology les reserva solo el cultivo de los cereales y el desarrollo de artes y ciencias inventadas por otros.

Siguiendo a Scaliger y a Selden, otorgó autoridad a fuentes paganas cuando se trataba de la historia de naciones gentiles, completando así las escuetas referencias que aparecían en la Biblia. En 1583, Joseph Scaliger publicó su De emendatione temporum, donde examinaba las cronologías de Babilonia, Egipto y Persia, así como las de Grecia y Roma. Abogaba por una reelaboración basada en informaciones antiguas que pudieran tener relevancia astronómica, eclipses en particular. También Heinrich Bünting empleó informes sobre eclipses con gran tino técnico en su Chronologia (1590). E igualmente Sethus Calvisius y Denis Petau. Recién llegado a Cambridge, adquirió dos libros que le introdujeron en la historia y la cronología: The key of history, or, a most methodical abridgement of the foure chiefe monarches, Babylon, Persia, Greece and Rome, de Johannes Sleidan y The union of the two noble and illustre famelies of Lancastre (and) Yorke, de Edward Halle.

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