PSICOLOGÍA ESPACIAL

En «La humanidad en el espacio» [Investigación y Ciencia, marzo de 2013], Cameron M. Smith plantea algunos de los desafíos a los que tendrá que enfrentarse una futura expansión de la humanidad por el espacio. Me ha sorprendido no leer de forma explícita referencias a los aspectos psicológicos. De poco servirá planificar un viaje a otro sistema solar si la misión fracasa por un «colapso psicológico» de la tripulación. No es difícil imaginar la presión que puede llegar a sufrir una persona que se embarque en un viaje sin retorno y lleno de incertidumbres, sabiendo que no serán sino las generaciones futuras las que, con suerte, llegarán a su destino.

El artículo contempla una realidad utópica basada en una planificación racional y sin presiones, algo que pocas veces ha ocurrido en la historia. Si abandonar la Tierra se convierte en una necesidad, sin duda la tripulación incluirá un gran número de políticos y mecenas, quienes puede que no sean la mejor garantía de éxito. Y si no, ¿quién querrá arriesgarse a abandonar la seguridad y bondades de nuestro planeta? Posiblemente, y como ya ha ocurrido en otras épocas, personas que no tengan nada que perder o que se vean forzadas a ello. En todo caso, lo más probable es que la verdadera tripulación se aleje bastante de cualquier tripulación ideal que los ­expertos puedan planificar.

Eugenio Gómez Minguet
Manises
Valencia

RESPONDE SMITH: Creo que se trata de una observación correcta; los aspectos psicológicos, sociológicos y culturales de un viaje así serán considerables, por lo que deberán tenerse en cuenta. Uno de los planificadores que conozco trabaja en el diseño de un navío espacial para 40.000 personas, el equivalente a ocho «poblaciones» de 5000 habitantes, las cuales deberán contar con una arquitectura segura pero también gratificante desde un punto de vista psicológico. Dicho experto es un urbanista que otorga gran importancia a las panorámicas amplias y a la abundancia de vegetación, a fin de lograr ciudades adecuadas a la escala y las interacciones humanas. Considero positivo que tales aspectos comiencen a abordarse desde las fases más tempranas del proyecto.

Por otro lado, no contemplo los viajes espaciales como una excusa para abandonar la Tierra. Creo que los problemas como la contaminación o la proliferación de armas nucleares, por ejemplo, deberían resolverse en nuestro planeta. Sin embargo, sí pienso que deberíamos ofrecer a nuestra especie una garantía ante posibles catástrofes, ya se trate de una guerra nuclear o del impacto contra un asteroide. Creo que la colonización del espacio se hará por esos motivos. Algunos emigrantes espaciales no tendrán nada que perder en la Tierra, pero sí mucho que ganar en el espacio: libertad, una nueva oportunidad para sus descendientes, etcétera; las mismas motivaciones que en el pasado han impulsado a otros emigrantes en nuestro planeta. Al igual que ellos, también los viajeros espaciales serán audaces. No creo que resulte difícil encontrar voluntarios.

 

CRECIMIENTO ENERGÉTICO

En «Modelos de crecimiento» [Investigación y Ciencia, mayo de 2013] Mark Buchanan expone que el consumo mundial de energía ha venido aumentando a un ritmo del 2 por ciento anual durante los últimos tres siglos. Estos datos, que son verdaderos, se ponen mejor en relevancia si tenemos en cuenta que lo que crece a ese ritmo es la potencia consumida; es decir, la velocidad a la que consumimos energía.

Ese matiz cobra gran importancia con relación a las energías renovables: solares, eólica, hidroeléctrica, biomasa, etcétera. Todas ellas dependen en última instancia del Sol, por lo que suelen presentarse como limpias e inagotables. Sin embargo, la potencia que nos llega del astro es finita. Y, dado que el Sol debe alimentar todos los procesos vitales del planeta, antes o después comenzaremos a alterar dichos procesos.

En orden de magnitud, la potencia que recibimos del Sol asciende a unos 100 petavatios. Podemos considerar que la fracción que cabe destinar a fines energéticos no debería superar el 1 por ciento de la potencia solar total (este límite es obviamente especulativo, pero más bien optimista; la fracción disponible podría ser aún menor). Con un crecimiento del 2 por ciento al año y con un consumo mundial actual de unos 15 teravatios, no resulta difícil calcular que apenas nos llevaría dos siglos rebasar dicho límite. Si suponemos una cota máxima igual al 10 por ciento de la potencia solar (arriesgado), tardaríamos poco más de tres siglos.

Si además aspiramos a un consumo energético más equitativo en el mundo, deberemos lograr que el 80 por ciento de la población que actualmente consume el 20 por ciento del total crezca a un ritmo aún mayor. Con una tasa de crecimiento global del 3 por ciento, los mismos límites se alcanzarían en unos 140 y 220 años, respectivamente. (Dadas las dependencias logarítmicas, los valores precisos de los parámetros no implican grandes diferencias en el resultado final.)

Después no solo no podremos crecer más, sino que aumentarán los problemas ambientales. La situación actual tal vez no se diferencie tanto de la que vivimos hace un siglo y medio, cuando el petróleo parecía un recurso inagotable. El término «energías renovables» podría resultar demasiado optimista.

Antonio Roberto Piriz
Instituto de Investigaciones Energéticas
Universidad de Castilla-La Mancha

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