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1 de Julio de 2013
Ingeniería

Un coche bala eléctrico

Muy pocos automóviles de combustible han rebasado los 600 kilómetros por hora. Un grupo de estudiantes se ha propuesto superar esta barrera con un vehículo eléctrico.

JEFF NORWELL

En síntesis

El equipo Buckeye Bullet, integrado por estudiantes de la Universidad de Ohio, intentará construir el primer vehículo eléctrico que supere los 640 km/h. Hasta ahora, solo nueve coches de gasolina han alcanzado ese límite.

Algunos de sus modelos ya han batido récords de velocidad previos. Sin embargo, sobrepasar los 640 km/h plantea nuevos retos para la potencia de los motores, la resistencia aerodinámica y la integridad de los neumáticos.

Si todo sale según lo previsto, los estudiantes de Buckeye Bullet intentarán romper la barrera de los 640 km/h durante las pruebas que se realizarán el próximo mes de septiembre en el salar de Bonnevile, en el estado de Utah.

El proyecto Buckeye Bullet ha supuesto todo un éxito educativo. Más que el desarrollo de innovaciones técnicas, los estudiantes persiguen aprovechar al máximo las piezas disponibles y optimizar el diseño del vehículo.

Mientras se dirigía a una de sus clases de matemáticas de primer año en la Universidad estatal de Ohio, R. J. Kromer reparó en el anuncio de un grupo de estudiantes que trabajaba en el diseño de un automóvil de pilas de combustible. Aunque hasta ese momento los proyectos de Kromer no habían pasado de equipos robóticos fabricados con piezas de lego, el alumno envió un correo electrónico para solicitar su admisión. «Pensé que exigirían todo tipo de requisitos», recuerda. Pero no fue así. «Preséntese sin más», le dijeron.

Kromer acudió al lugar de trabajo de aquel grupo, en el Centro de Investigaciones de la Automoción (CAR, en siglas inglesas) de la Universidad de Ohio. Una singular tribu de ingenieros, la mayoría imberbes, había acometido el diseño de los vehículos Buckeye Bullet, coches bala alternativos a los de combustible tradicional. Una vez allí, Kromer comprendió que los chicos intentarían primero poner a prueba su dedicación. Su primera tarea fue el equivalente ingenieril de clasificar el correo. Pasó los primeros meses barriendo el local y ordenando piezas y herramientas. Pero, entre una cosa y otra, los miembros más veteranos fueron enseñándole técnicas de cableado y el funcionamiento de varios sistemas de control. Un año después, dos alumnos de la última promoción se graduaron y Kromer pasó a encargarse de la ingeniería eléctrica. «Si te mantenías despierto podías aprender muchas cosas muy rápido», relata.

La historia de Buckeye Bullet abunda en casos similares. Su actual jefe, David Cooke, comenzó allí por casualidad. Y el ahora ingeniero Evan Maley no era más que un cándido alumno de secundaria fascinado por los coches de carreras cuando empezó. Cooke comenta que, a la hora de incorporar nuevos voluntarios, no se fijan tanto en su cociente intelectual como en la buena disposición a trabajar. Es habitual que algunos de los integrantes del grupo pasen la noche en vela y que solo vean los primeros rayos del sol cuando se cuelan por debajo de la puerta del garaje, de unos diez metros de altura. Se quedan dormidos en las salas de conferencias y, a veces, también en la pista de pruebas. Cambian las cervezas de los fines de semana por cortar chapa, probar baterías y diseñar sistemas de suspensión.

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