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CORTESÍA DE AMANDA HENRY, INSTITUTO MAX PLANCK DE ANTROPOLOGÍA EVOLUTIVA

Un descubrimiento reciente ha hecho centrar la atención de los investigadores en el sarro, los depósitos que el dentista elimina de los dientes cuando uno acude a que le haga una limpieza dental. Excepto que, en este caso, se trata del sarro que se acumula en unos dientes de casi dos millones de años de antigüedad. Pertenecen a Australopithe­cus sediba, uno de los candidatos a ancestros de nuestro género, Homo. Hasta ahora nunca se había hallado sarro en un hominino primitivo (perteneciente a la línea evolutiva que dio lugar a los seres humanos, tras la separación de la línea que originó los chimpancés). El análisis del sarro prehistórico ha arrojado datos sorprendentes sobre la alimentación de A. sediba.

En un artículo publicado en julio en la revista Nature, Amanda Henry, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, Lee Berger, de la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo, y sus colaboradores han descrito el sarro, las propiedades químicas de los dientes y las marcas de desgaste correspondientes a una hembra adulta y a un macho joven, cuyos restos se hallaron en una excavación a las afueras de Johannesburgo. Las características químicas de los dientes indicaron que, a lo largo de su vida, se alimentaron principalmente de árboles y arbustos (o, tal vez, de animales que consumieron árboles y arbustos). Lo cual resulta sorprendente, porque otros homininos de antigüedad similar preferían las hierbas tropicales y plantas ciperáceas.

El análisis del sarro reveló restos de alimentos vegetales que nadie creía que formasen parte de la dieta de nuestros ancestros, como la corteza de árbol. Berger señala que numerosos primates utilizan la corteza como un alimento de emergencia en épocas de escasez. Sugiere que quizás estos homininos, cuyos restos se encontraron en lo que fue una profunda caverna subterránea, habrían acabado allí sus días debido a una sequía que les empujó a intentar acceder a una laguna en su interior [véase «El origen del género Homo», por Kate Wong; Investigación y Ciencia, junio de 2012]. Los indicios de corteza en el sarro podrían hacer ese escenario más verosímil.

Tradicionalmente se pensaba que el género Homo se había adaptado a las condiciones ambientales cambiantes, que favorecían la ocupación de las sabanas y la incorporación de carne en su dieta. A.sediba tenía dientes pequeños, lo que se asocia a un aumento de alimentos de mayor calidad, como la carne, y manos más diestras, que le habrían permitido fabricar herramientas. ¿Comía realmente carne A. sediba? Berger explica que, con los datos que se están recopilando, se podrá dar una respuesta a estas preguntas.

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