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1 de Noviembre de 2012
Filosofía de la ciencia

La ciencia al límite

Hay límites que configuran la ciencia, mientras que otros la constriñen.

EVGENY KUKLEV/ISTOCKPHOTO

¿Tiene límites la ciencia? En el supuesto de que los tenga, ¿de qué tipo son? Y, en cualquier caso, ¿es bueno que se halle limitada? Estos interrogantes nos llevan indefectiblemente a preguntarnos por el propio concepto de límite. Sin una aclaración previa de esta noción será imposible dar respuesta a las cuestiones señaladas.

La palabra «límite» viene del latín limes. En dicha lengua, se refiere al sendero que separa una finca de otra, terreno de nadie, transitable por todos. El límite configura y constituye la finca, le da forma, contribuye a su identificación. Sin límite, no existe propiamente tal entidad. El límite de una finca la distingue de otras, la separa, pero al mismo tiempo la comunica, pues no deja de ser un camino. Como senda que es, posee un cierto espesor físico; no es una mera línea geométrica. Su grosor permite que lo pensemos con zonas borrosas, territorios ambiguos, aptos para la colaboración o para el conflicto. El límite, como sendero, no es simplemente una entidad «a la vista», dispuesta para nuestra contemplación. Es también una entidad «a la mano», que invita a la acción de caminar, de recorrer, de penetrar, de explorar, de atravesar o rebasar... Es más, se trata de una entidad que surge de nuestra acción: «Se hace camino al andar».

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