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FUTURE BRIGHT. A TRANSFORMING VISION OF HUMAN INTELLIGENCE.
Por Michael E. Martinez. Oxford University Press; Oxford, 2013.

La neurociencia cognitiva se propone llegar al problema de la inteligencia a través de la profundización en el conocimiento del cerebro. Se ha venido dando por cierto que la inteligencia constituía un carácter programado genéticamente, inalterable desde el nacimiento. Si lo primero tiene una justificación metodológica, el segundo enunciado carece de base real. Por más que, desde que Alfred Binet inventara el test del cociente intelectual (CI), hace más de cien años, se asentara la idea de una inteligencia prefijada, inmutable como el color de los ojos. Si nuestro CI era de 115 a la edad de 18 años, lo sería a la edad de 32 y a la edad de 72. Es tesis del autor que, lejos de constituir la inteligencia humana una cualidad estática, podemos mejorarla, o degradarla, en el transcurso del tiempo. El CI, la medida común de inteligencia, fluctúa en el curso biográfico de la persona, así como de generación en generación.

La inteligencia, motor de las capacidades humanas, constituye la técnica más poderosa de todas. Para aprovecharla hemos de conocer las expresiones específicas sobre las cuales la mente posee el monopolio; entre otras, la resolución de problemas y la coordinación que requiere la interacción social. Superamos de
lejos a las máquinas, que operan a través de rutinas lógicas. El intelecto confiere sentido a una información compleja y aprovecha esa información para resolver problemas. Así puede detectar patrones y caminos que se les escapan a los
computadores más avanzados. En la coordinación de un trabajo que requie-
ra interacción social, la comunicación fluida debe combinarse con el tono emocional de las interacciones. Un trabajo eficaz debe tomar en consideración las miríadas de formas en que las personas difieren (personalidad, intereses, carácter, experiencia, etcétera).

El estudio científico de la mente puede retrotraerse a mediados del siglo xix. En 1869, en la Inglaterra victoriana, Francis Galton, primo de Charles Darwin, publicaba Hereditary genius, donde ponía de manifiesto las notables diferencias intelectuales, congénitas en su opinión, entre individuos. Identificó a un millar de genios cuya obra perduraba. Consideraba que la excelencia escaseaba y la cifraba en un individuo cada mil. Había que dilucidar, además, si era una característica aleatoria o se heredaba. Él se inclinaba por la heredabilidad de la eminencia; llegaba incluso a asociar carácteres psicológicos con condiciones genéticas. ¿Por qué no cuantificar la memoria, la comprensión o la resolución de problemas, fenómenos mentales que asociamos a la inteligencia? No fue Galton quien se aprestó a dar ese paso. Lo acometería en el último decenio de la misma centuria Alfred Binet, psicólogo francés.

A Binet se le planteó la dificultad de aprendizaje que mostraban algunos niños. Para distinguir entre aquellos cuyos problemas de aprendizaje se debían a su baja capacidad intelectual y los que, aunque capacitados, fracasaban por abulia, falta de motivación u otras razones, ideó lo que hoy reconocemos como el primer test de inteligencia. La prueba mezclaba rompecabezas, juegos de memoria y cuestiones sobre conocimientos generales. El criterio era sencillo. Si la capacidad intelectual del niño igualaba a la de sus compañeros de la misma edad, entonces su edad mental correspondía a su edad cronológica. La separación entre edad mental y edad cronológica resultó determinante en la construcción de la teoría de la inteligencia. Una etapa ulterior sería calcular la relación entre ambas.

No dio ese paso Binet, sino Wilhelm Stern. La propuesta de Stern sobresalía por su simplicidad: cociente intelectual (CI) = edad mental/edad cronológica × 100. La fórmula adolece de ciertas limitaciones. Por sí misma no nos informa sobre lo que un niño puede conseguir. Cuantifica la inteligencia sin cualificarla. La escala del CI es constitutivamente relativa porque se calcula solo mediante la comparación con otras personas. Hoy, sin embargo, se prefiere computar el cociente intelectual basándose en la curva de Bell, o distribución normal. La curva de Bell ilustra también la variación típica en otras cualidades del hombre. El distanciamiento del promedio se mide mediante la desviación típica o estándar. En promedio, varones y mujeres presentan el mismo cociente intelectual.

Ni Galton ni Binet estaban interesados en medir la inteligencia por sí misma. Sus mediciones se hallaban al servicio de predecir algo que consideraban importante. Galton deseaba poder predecir el estatuto social y suponía que la eminencia en ciencia, arte o liderazgo constituía el pináculo de dicho estatuto. Los esfuerzos de Binet se encaminaron hacia el rendimiento y el éxito escolares. A comienzos del siglo XX, Lewis Terman, de la Universidad Stanford, tradujo al inglés el test de Binet y le añadió nuevas entradas. Adaptó también la fórmula de Stern y se convirtió en el gran divulgador de las pruebas de inteligencia. De hecho, uno de los más extendidos es la escala Stanford-Binet de CI. De la escuela se pasó a la universidad, institución que en ciertos lugares somete a sus candidatos al Test de Aptitud Escolar (SAT, de Scholastic Aptitude Test), pergeñado de acuerdo con escalas de CI en forma y concepto. Con un CI de 120 podremos desempeñar un trabajo moderadamente complejo. A esa idea se le llama la hipótesis del umbral.

Algo más tarde, en los años veinte, Catherine Cox acometió una investigación sobre 301 personajes de la civilización occidental, que habían aportado una contribución significativa al campo de la ciencia, el arte, la música, la política y la filosofía, desde el Renacimiento en adelante. Le interesaba averiguar si ya mostraban esa inteligencia privilegiada a una edad temprana. Publicó en 1926 los resultados con la siguiente conclusión general: habían dado pruebas de sus dotes desde la niñez. «A los dos años, Coleridge leía la Biblia; a los cinco, Mozart compuso un minueto; a los ocho, Goethe escribió una obra literaria propia de una persona madura». Puso CI, entre otros, a Jean Jacques Rousseau (125), Nicolás Copérnico (130), Rembrandt Van Rijn (135), Martín Lutero (145), Charles Darwin (140), Abraham Lincoln (140), Leonardo da Vinci (150), Thomas Jefferson (150), Wolfgang Amadeus Mozart (150), Charlotte Bronte (155), Michelangelo Buonarroti (160), Galileo Galilei (165), Samuel Taylor Coleridge (165), Isaac Newton (170), John Stuart Mill (170), Gottfried Wilhelm Leibniz (190) y Wolfgang Goethe (200). Estas cifras, pese a su carácter aproximado, revelaban que los niveles de inteligencia en el rango de 135 a 180 caracterizaban a quienes dejaban huella para la humanidad.

No es lo mismo inteligencia que cociente intelectual. El CI es un valor cuantitativo, abreviado, de inteligencia. Pero no significa que se trate de un resumen cabal de la inteligencia de la persona. Numerosos aspectos de importante información quedan al margen. Por eso la ciencia se plantea si existe una inteligencia única o hemos de hablar con mayor propiedad de gavilla de facultades. Entre los psicólogos reina una división secular. Hacia 1900, Charles Spearman postulaba la tesis de la entidad unitaria, definida por un factor global, o factor g. En el polo antagónico, L. L. Thurstone defendía una inteligencia integrada por un haz de posibilidades: memoria, razonamiento matemático y comprensión verbal, entre otras. Conjuntadas, formaban la inteligencia. Otros vieron la solución en la aceptación de ambas posturas. La inteligencia sería, a un tiempo, una y múltiple en un esquema jerárquico.

Resulta patente que la inteligencia humana presenta un abanico amplio de manifestaciones; entre ellas, el autor destaca la inteligencia fluida y la inteligencia cristalizada. La primera nos remite a la capacidad de la mente para adaptarse a un entorno novedoso, complejo y cambiante. Se dice que es inteligente la persona que se desenvuelve bien en situaciones inéditas, tareas novedosas o problemas embarazosos. La inteligencia cristalizada se manifiesta en la capacidad para dominar grandes cuerpos de información. Suele ir asociada a una capacidad verbal. La inteligencia fluida y la cristalizada se complementan entre sí. La inteligencia cristalizada ofrece el conocimiento actual, lo que ya se sabe. Pero si el conocimiento adquirido no basta, el vacío lo ocupa la inteligencia fluida, la capacidad de abordar lo desconocido.

Podemos acotar la inteligencia fluida de múltiples maneras. Algunos tests de inteligencia fluida emplean formas abstractas, mientras que otros utilizan palabras o números. Todos comparten un rasgo en común: los tests de inteligencia fluida requieren que el sujeto perciba una pauta compleja y la aplique a la solución de un problema. También la novedad es un aspecto que debe considerarse. Importa que el problema o el rompecabezas se le presenten por vez primera al sujeto. Esa exigencia de novedad constituye la nota distintiva de las matrices de Raven, un test clásico de inteligencia fluida. La inteligencia cristalizada constituye el recurso intelectual que corresponde al conocimiento estructural, junto con las habilidades de aprendizaje que facilitan la construcción del conocimiento en el transcurso del tiempo.

Además de las facultades cognoscitivas, la mente humana es poderosa en otras vertientes; por ejemplo, en creatividad, en relaciones sociales (inteligencia social) y en autoconsciencia. En su libro Frames of mind, Howard Gardner expuso su teoría de las inteligencias múltiples, que pormenorizaba en siete tipos: lógica-matemática, lingüística, espacial, musical, cinestésica-corporal, interpersonal e intrapersonal. Las inteligencias lógico-matemáticas, verbales y espaciales corresponderían directamente a factores que los psicométricos venían reconociendo hacía décadas. Para Gardner, el pensamiento y la conducta inteligentes eran producto de diversas destrezas, una combinación de lo familiar y lo innovador.

Se insiste hoy también en que las emociones condicionan la forma en que pensamos y el contenido de los conceptos. Ansiedad y frustración pueden obstruir el pensamiento inteligente, en tanto que emociones más positivas, como el interés y la sorpresa, pueden dirigir e incentivar la mente. La ansiedad constituye una de las emociones más estudiadas. Puede, a veces, anular la capacidad raciocinadora de un sujeto. La inteligencia emocional, divulgada por Daniel Goleman a través de Emotional intelligence, designa la facultad de percibir y expresar emociones, asimilar la emoción en el pensamiento, comprender y razonar con emociones y regular las emociones en el yo de otros. Se ha cuestionado, sin embargo, que la emocional sea un tipo particular de inteligencia.

En estado embrionario se encuentra la teoría de la inteligencia distribuida. Introducida por Roy Pea, reconoce que toda manifestación de inteligencia humana entraña mucho más que una sola mente que opere de forma aislada. La inteligencia, que operaría siempre a través de recursos definidos por la cultura, vendría a reflejar los conceptos y las prioridades de una cultura local y se desenvolvería con una paleta de instrumentos, técnicas y prácticas. En efecto, hasta las técnicas más elementales pueden servir al pensamiento. La información escrita, recogida en libretas de apuntes o en tratados, pueden compensar la falibilidad predecible de la memoria. Pluma, papel y mente, cuando operan asociadas, son más poderosos que la mente sin auxilio externo. No podemos imaginarnos los logros extraordinarios de Shakespeare, Beethoven y Galileo sin las técnicas disponibles en su tiempo: pluma, piano y telescopio. Los útiles que constituyen la inteligencia distribuida no solo extienden las capacidades de la mente, sino que afectan también a la forma en que esta opera.

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