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1 de Junio de 2014
Medicina

La revolución del ARN

Considerado durante mucho tiempo una molécula con simples funciones de mantenimiento celular, el ARN se contempla ahora en el desarrollo de tratamientos médicos novedosos.

ANNA PARINI

En síntesis

Tres de las moléculas complejas más importantes para los organismos son el ADN, el ARN y las proteínas. Durante décadas, se atribuyeron al ADN y a las proteínas los papeles más activos en la célula, mientras que el ARN, aunque importante, prestaría un servicio de apoyo.

Una serie de descubrimientos a finales del siglo XX revelaron varias formas de ARN que desempeñan funciones dinámicas y reguladoras en las células. En concreto, determinan qué proteínas se sintetizan y en qué cantidad, o incluso silencian por completo algunos genes.

Estos últimos avances están permitiendo crear un nuevo mundo de medicamentos experimentales frente a las bacterias, los virus, el cáncer y varios trastornos crónicos. Tales fármacos podrían ofrecer mayor eficacia y precisión que muchos de los disponibles en la actualidad.

La historia de la biología molecular, que comenzó con la descripción de la estructura en doble hélice del ADN en 1953, ha ofrecido más personajes que una novela rusa. Los biólogos han identificado decenas de miles de moléculas que dirigen y dan forma al caos organizado en el interior de las células del cuerpo, y han aprovechado esos hallazgos para desarrollar miles de fármacos y tratamientos.

Durante décadas, dos protagonistas ocuparon el centro de la escena: el ADN, o ácido desoxirribonucleico, que actúa como un almacén casi permanente de la información genética, y las proteínas, que ejecutan las órdenes de los genes. Los descubrimientos de proteínas han llevado a avances médicos tales como la insulina sintética, el interferón y los fármacos antitumorales de nueva generación. Y la terapia génica, mediante fragmentos modificados de ADN, ha cosechado resultados en la lucha contra la hemofilia, la ceguera hereditaria y otras enfermedades hasta ahora intratables.

Durante esos progresos médicos se pasó por alto un tercer tipo de biomolécula: el ARN o ácido ribonucleico. Al igual que el ADN, el ARN contiene información genética, pero exhibe una menor estabilidad química que este y tiende a ser degradado por las enzimas del turbulento ambiente citoplasmático.

Aunque desde hace tiempo se sabía que el ARN se hallaba involucrado de un modo u otro en casi todos los procesos celulares, durante la mayor parte de la revolución biomédica se le asignó un papel secundario, a la sombra del ADN y de las proteínas. En los años cincuenta y sesenta, los biólogos pensaban que el ARN desempeñaba funciones auxiliares, como transportar mensajes, coordinar suministros y mantener las células en orden.

Pero una serie de descubrimientos a finales del siglo xx revelaron nuevas formas de ARN que en nada coincidían con su imagen de «humilde asistente doméstico». Al contrario, esas moléculas ejercían un grado de control asombroso sobre el comportamiento del ADN y las proteínas, al intervenir sobre determinadas moléculas para aumentar o reducir su actividad. Mediante la manipulación de este ARN, se podrían desarrollar nuevos tratamientos contra el cáncer, las enfermedades infecciosas y un amplio abanico de trastornos crónicos.

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