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1 de Junio de 2014
Arqueoastronomía

Lunas celtas

La astronomía gozaba de una importancia particular entre los antiguos celtas. Algunas tumbas y lugares de culto revelan el profundo conocimiento que esta cultura milenaria tenía de los complejos ciclos lunares.

Pavel Odvody/Cortesía del Museo Celta de Glauberg

En síntesis

El estudio de los movimientos de la Luna y los cuerpos celestes desempeñó un importante papel en la cultura celta tardía. Sus conocimientos nos han llegado por medio de fuentes romanas y griegas.

Ese interés existía ya en las épocas más tempranas de la civilización celta. Así lo demuestran algunas estructuras funerarias, las cuales se orientaban hacia ciertos puntos fijos de salida de la Luna.

Los arqueoastrónomos han hallado la manera de llevar a cabo tales alineaciones sin necesidad de recurrir a matemáticas complejas: para ello bastaban un tablón y algunos conocimientos astronómicos básicos.

«Su principal enseñanza es que las almas no perecen, sino que migran de un cuerpo a otro tras la muerte. Y piensan que esta creencia estimula sobremanera el coraje, pues así se pierde el miedo a la muerte. Discuten además muchas cosas acerca de los astros y sus movimientos, del tamaño del mundo y el de las tierras.» En el sexto libro de los Comentarios sobre la guerra de las Galias, su informe para el senado romano, Cayo Julio César no solo habló de cuestiones bélicas y del temible arrojo de los guerreros galos; describió también otros aspectos de la cultura celta tardía, propia de la región que los romanos llamaron Galia. El interés de Julio César por la astronomía celta obedecía también a motivos profesionales: en aquella época desempeñaba el cargo de pontifex maximus y, como tal, era el responsable del calendario romano. Desde un punto de vista moderno, sus observaciones sobre la actividad astronómica de los druidas celtas ratifican los apuntes de otros autores romanos y griegos de la Antigüedad.

Los celtas apenas dejaron documentos escritos. La razón no resulta del todo evidente, ya que durante siglos mantuvieron un intenso intercambio cultural con las culturas letradas del Mediterráneo. El general romano ofrece una posible explicación: «No consideran lícito escribir su doctrina, si bien para casi todas las demás cosas, tanto en los asuntos públicos como en los privados, utilizan el alfabeto griego. No desean que su saber se divulgue entre la gente ni que sus discípulos, confiados en la escritura, descuiden la memoria». En efecto, desde la península ibérica hasta Anatolia, las tribus celtas se sirvieron en ocasiones de los alfabetos griego y latino, sobre todo para textos breves, como leyes o epitafios. Pero, a la vista de los pocos textos que han llegado hasta nosotros, es probable que no se tratase de una práctica muy extendida.

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