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TOM NAGY, GALLERY STOCK

La próxima vez que camine a la sombra de un álamo o un roble en una calle concurrida, piénselo dos veces antes de inspirar hondo. A pesar de ser fuentes de oxígeno, estos árboles desprenden otros compuestos que reaccionan en el aire y generan ozono, un gas nocivo para los pulmones.

«Fue una gran sorpresa», explica Galina Churkina, del Instituto de Estudios Avanzados de Sostenibilidad de Potsdam, que investiga las emisiones del arbolado urbano. La predominancia de ciertos árboles en una calle puede elevar de forma notable las concentraciones de ozono, una molécula de oxígeno peculiar. La presencia de ozono a nivel del suelo está vinculada con el asma, la bronquitis y otras afecciones respiratorias.

A semejanza de los automóviles y las centrales eléctricas, los árboles emiten compuestos orgánicos volátiles (COV), un conjunto de sustancias que en presencia de la luz solar reaccionan con los óxidos de nitrógeno liberados por el humo del tráfico y forman ozono, uno de los componentes nocivos del esmog. Las chimeneas y los tubos de escape desprenden COV como subproducto de la quema de los combustibles fósiles; los árboles los emiten, entre otras razones, para repeler a los insectos dañinos y atraer a los polinizadores. Especies como el abedul, el tulipero y el tilo desprenden cantidades muy pequeñas de COV, pero otras como álamos, robles, sauces y tupelos emiten grandes cantidades, de modo que los valores de ozono pueden llegar a ser ocho veces mayores que los generados por los árboles de baja emisión.

Churkina y sus colaboradores no han identificado las ciudades que acogen un exceso de emisores de COV. Eso es tarea de los urbanistas. Como se necesita luz solar para crear ozono y la reacción resulta más intensa con temperaturas altas, las urbes frías y nubladas tienen menos motivos de preocupación que las cálidas y soleadas. Pero el cambio climático podría empeorar la situación.

¿Significa ello que las ciudades deben comenzar a talar los árboles que emiten más COV? Churkina lo desaconseja. Incluso los más contaminantes no deben despertar inquietud si están repartidos por las calles de la ciudad. Pero saber que un tilo es mejor que un álamo puede evitar problemas a las grandes zonas metropolitanas. Tal conocimiento resulta de interés en los proyectos del tipo «plantemos un millón de árboles», como medida para almacenar dióxido de carbono, mitigar el calor y retener el agua de las tormentas. En estas iniciativas, que están en auge, «queremos que se preste atención a las especies que se eligen», aclara Churkina. La investigadora se reunirá con las autoridades de Berlín este verano, y el municipio estadounidense de Boulder, en Colorado, está analizando la cuestión.

Por supuesto, existe otra solución. Si las emisiones del tráfico urbano se redujeran, los árboles dejarían de ser un problema para las ciudades.

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