Economía del trabajo infantil

Las campañas contra el trabajo infantil tienen mayores probabilidades de éxito si las medidas legales se articulan con los mecanismos propios del mercado laboral.
En los primeros días de la revolución industrial, los inventores solían ser muy claros en cuanto a la finalidad de sus innovaciones. John Wyatt, coinventor de la hiladora de tambor, promocionaba sin rebozo su invento como medio para que las factorías textiles pudieran ahorrar en mano de obra. Según Wyatt, el manejo del artilugio resultaba tan sencillo, que podía prescindirse del personal especializado en el giro de la rueca. "Un pañero que antes empleaba a un centenar de hiladoras podría despedir a treinta de las mejores y reemplazarlas por otras diez débiles o por niños", escribía en 1741. El invento convenció al Justicia Mayor británico, quien, al otorgar la patente, señaló que "incluso niños de cinco o seis años de edad" podrían operar la máquina.
Alabar una máquina por su capacidad de convertir un niño en obrero pertenece a un pasado lejano. A finales del siglo XIX el empleo de niños estaba en declive en la mayoría de los países industrializados. A escala mundial, sin embargo, el problema subsiste todavía. En el año 2000, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), 186 millones de niños de edades comprendidas entre los 5 y los 14 años -aproximadamente, uno de cada seis- trabajaban de forma ilegal, la mayoría en países en vías de desarrollo. De ellos, 111 millones realizaban trabajos peligrosos: en la minería, en la construcción o en penosas faenas agrícolas, que afectarían a su salud para el resto de su vida. En torno a 8 millones trabajaban como esclavos o soldados o eran obligados a prostituirse.

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