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1 de Marzo de 2010
Biología

Apogeo y caída de las nanobacterias

Antaño consideradas patógenos, estas extrañas partículas intervienen en la salud, aunque no con la función que se las atribuía.
CORTESIA DE JOHN D. YOUNG Y JAN MARTEL
Los datos sobre la existencia de vida en Marte, aunque se refieran sólo a un pasado muy remoto, darían por fin respuesta a la antiquísima cuestión de si los seres vivos de la Tierra se encuentran solos en el universo. La magnitud de un descubrimiento de esas características queda reflejada en la comparecencia en rueda de prensa que el presidente Bill Clinton protagonizó en 1996 para anunciar que, por fin, se habían encontrado pruebas. Un meteorito que se desprendió de la superficie del Planeta Rojo, hace unos 15 millones de años, parecía contener los restos fósiles de diminutas formas de vida que indicaban que en algún momento existió vida en Marte.
Las investigaciones geológicas que demostraban que seres semejantes, menores que cualquier organismo hallado (o imaginado) anteriormente, habrían moldeado la superficie primitiva de la Tierra sugirieron que los especímenes de marras podrían ser vestigios del origen de la vida. La única noticia que podría ensombrecer tales descubrimientos llegaría más tarde, cuando se hallaron pruebas que indicaban que esos seres ancestrales, que acabarían denominándose nanobacterias, pervivían entre nosotros, habitando en nuestro organismo y causando enfermedades.
Cuando esos hallazgos se hicieron públicos, numerosos científicos reaccionaron con escepticismo. Había indicios que apuntaban hacia la posibilidad de que el entusiasmo de los descubridores fuera más deprisa que la comprobación de los datos. Quedaban todavía cuestiones pendientes sobre qué eran y qué no eran realmente las nanobacterias.

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