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Flor de argentina plateada (Potentilla anserita) [CORTESÍA DE MATTHEW KOSKI, UNIVERSIDAD DE PITTSBURGH].

En 1833, el naturalista alemán Constantin Lambert Gloger se percató de que el plumaje de las aves de climas cálidos era más oscuro que el de las propias de climas más fríos. Su aguda observación no tardó en ser bautizada como la regla de Gloger; los ornitólogos comprobaron que el plumaje tropical se oscurece con la cercanía al ecuador. Y los mamíferos parecen seguir idéntica pauta. Pero, ¿por qué la latitud influye en la coloración animal? Más de 180 años después es posible que la respuesta venga dada por un actor insospechado: las flores.

Los biólogos de la Universidad de Pittsburgh Matthew Koski y Tia-Lynn Ashman examinaron 34 poblaciones de argentina plateada (Potentilla anserina), una planta ampliamente distribuida en las zonas templadas de ambos hemisferios, y comprobaron que sus flores eran más oscuras cerca de los trópicos. En este caso, «más oscuras» significa que lucían «ojos de buey» más grandes, círculos oscuros rodeados por los pétalos más claros que son invisibles para el ojo humano
y que solo resaltan bajo luz ultravioleta (UV) (d).

Los ojos de buey probablemente actúan como balizas para las abejas y otros insectos polinizadores capaces de percibir la luz UV. Pero Koski y Ashman hallaron más puntos oscuros que esos. En el laboratorio descubrieron que el polen de las flores oscuras tenía más posibilidades de germinar cuando estaba sometido a la dañina luz UV que el procedente de flores claras, dotadas de ojos de buey más pequeños. La pigmentación ejerce un efecto protector, según el estudio publicado en línea el pasado enero en la revista Nature Plants: cuanto mayor es el ojo de buey, más luz UV absorbe la flor y menos acaba incidiendo reflejada en el polen. La absorción es mayor en las plantas de latitudes bajas, que reciben una radiación UV más intensa.

El papel del tamaño del ojo de buey en la protección contra los rayos UV no descarta otros factores ambientales relacionados con la latitud. De este modo, los ornitólogos argumentan que la regla de Gloger es el resultado de un compuesto antibacteriano que protege las plumas en los húmedos trópicos y que oscurece el plumaje. Por lo que respecta a los mamíferos, los investigadores afirman que la luz cenital propia de las latitudes ecuatoriales favorece a las especies con la parte dorsal oscura y la frontal más clara, porque esa combinación facilita el camuflaje en la sombría selva tropical.

Sin embargo, a semejanza de las reglas, leyes y teoremas de la química y de la física, la ecología cuenta con axiomas generales que explican las pautas. Como su estudio traza un vínculo entre la radiación UV y la capacidad reproductora de las flores, Koski cree que la protección contra los UV acabará emergiendo como una de las razones clave de la pigmentación. Los UV dañan la estructura del ADN y de las proteínas vegetales y animales, por lo que la pigmentación oscura, visible o no, puede ser una estrategia adoptada por muchas especies contra la radiación solar nociva.

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