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1 de Abril de 2015
Salud pública

La batalla contra el ébola

El mayor brote hasta la fecha ha conseguido arrancar el desarrollo de dos vacunas y un par de tratamientos esperanzadores.

El virus del Ébola [GETTY IMAGES].

En síntesis

Mientras los brotes de ébola fueron pequeños y esporádicos, había pocas posibilidades de investigar y distribuir nuevas vacunas o mejores tratamientos.

El brote actual de África occidental, el más extenso hasta ahora registrado, ofrece la oportunidad de estudiar nuevas estrategias de atención y recursos para luchar contra este patógeno devastador.

Los investigadores se apresuran a ensayar unos pocos tratamientos experimentales y posibles vacunas, con la esperanza de evitar miles de muertes más.

Los investigadores suelen hablar con frecuencia de la carrera que el virus del Ébola emprende contra la persona infectada. Esta vencerá si su sistema inmunitario logra derrotar al virus antes de que destruya sus órganos. Una población se impondrá si consigue aislar a los primeros infectados antes de que la enfermedad se propague. La humanidad ganará la carrera si halla tratamientos y, a la larga, una vacuna antes de que el virus se haga fuerte en las urbes del globo.

El virus del Ébola ha gozado durante años de una ventaja natural. Los brotes eran demasiado reducidos (menos de cien personas) y demasiado efímeros (menos de cinco meses) para ensayar tratamiento alguno. La amenaza se disipaba antes de poder iniciar un estudio clínico con garantías. Los laboratorios farmacéuticos y los equipos de investigación difícilmente podían justificar la inversión de dinero en una enfermedad que, por horrible que fuera, ha tardado cuatro décadas en apuntarse sus primeras 1600 víctimas. Había otros males que parecían más preocupantes: el paludismo, la tuberculosis y el VIH mataron en 2013 a más de tres millones de personas.

Ese frío cómputo ha cambiado a raíz de la inusitada epidemia de ébola que en estos momentos azota África occidental, la mayor y más prolongada de la historia. A mediados de enero, el número de infectados por el virus en Sierra Leona, Liberia y Guinea ascendía al menos a 21.000 y los muertos superaban los 8400. Las autoridades sanitarias internacionales, conscientes de que el virus se propagaría mucho más allá de los focos iniciales si no se intervenía de inmediato, hicieron un llamamiento para que se diera una respuesta a escala mundial. El objetivo era diagnosticar y aislar a los infectados; construir docenas de centros de emergencia y dotarlos de personal para atender a los enfermos, y reclutar suficientes equipos de sepultureros para enterrar en condiciones seguras a los fallecidos.

Por primera vez, los científicos tienen ante sí un brote de ébola lo bastante extenso y prolongado para emprender estudios clínicos profundos en busca de tratamientos mejores; un brote que podría ser imposible de contener sin vacunas o fármacos nuevos. También disponen, por primera vez, de un amplio consenso para ensayar en condiciones prácticas algunos tratamientos experimentales. Quizás este despliegue de medios sin precedentes resulte más útil para hacer frente al próximo brote que para atajar la epidemia en curso. Pero si los investigadores triunfan ahora, tal vez puedan asegurarse de que el ébola no lleve las de ganar cuando ataque de nuevo —cosa que sucederá.

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