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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2015Nº 463

Farmacología

Nueva mirada a las plantas medicinales

En busca de nuevos fármacos contra el paludismo y otras patologías, se están realizando ensayos clínicos con remedios vegetales tradicionales. Los resultados son prometedores.

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La mujer fulani, alta y esbelta, se dirigía a la tradicional choza del curandero con el porte de una princesa. Al igual que otros miembros de esta tribu de nómadas del sur de Mali dedicada al pastoreo vacuno, llevaba un vestido azul, largo y ligero, tenía los labios pintados con índigo y jena y adornaba sus orejas con dos magníficas medialunas de oro. Una vez en el interior de la choza, sin embargo, el viejo curandero vio más allá de su elegancia. La mujer se hallaba débil a causa de su maternidad reciente, la palidez de las palmas de sus manos indicaba anemia y su frente ardía. Estaba tan exhausta que desfallecía al relatar su infortunio. «Soumaya», declaró el curandero. Paludismo.

Con ese diagnóstico, los dos médicos occidentales presentes en la consulta, Bertrand Graz, de la Universidad de Lausana, y Merlin Willcox, de la Universidad de Oxford, iniciaban su trabajo. La mujer firmó un consentimiento informado, narró sus antecedentes médicos y autorizó que le tomaran una muestra de sangre para realizar el recuento del parásito y otros análisis. Iba a participar en un importante estudio destinado a determinar la tasa de curación de una infusión a base de hojas de una amapola de color amarillo. A los tres días, en una visita de seguimiento, la mujer se encontraba bien y en vías de recuperación.

A pesar de que muchos de los medicamentos autorizados por la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos de EE.UU. proceden del mundo natural, no suelen realizarse ensayos clínicos con plantas medicinales. El enfoque clásico para descubrir medicamentos en la naturaleza implica el aislamiento de compuestos puros de plantas, hongos o bacterias. Después, en el laboratorio se seleccionan y optimizan las sustancias prometedoras. Se evalúa su seguridad en animales y, solo si esta queda garantizada, se inician los ensayos con humanos. Pero pocos se atreverían a contradecir que este enfoque resulta ineficaz: el 95 por ciento de los fármacos experimentales no superan los ensayos clínicos. Tras demasiados fracasos, las compañías farmacéuticas han dado la espalda a los productos naturales. Pero la alternativa, el análisis de enormes quimiotecas de compuestos sintéticos en diminutos viales, tampoco ha logrado más éxito.

Ante esta situación, Graz y Willcox tratan de invertir el paradigma de la investigación de los productos naturales. Para ello, comienzan el proceso mediante estudios con humanos y solo más tarde aíslan los compuestos activos. El primer paso consiste en observar a pacientes que reciben remedios tradicionales a base de plantas con el objetivo de identificar el más prometedor. A continuación, se realiza un ensayo clínico con el remedio en cuestión. Finalmente, se identifica la sustancia activa que representará el punto de partida de la investigación farmacológica. El origen de su estrategia, denominada farmacología inversa, se sitúa en los métodos empleados por los científicos indios para descubrir nuevos medicamentos a partir de la medicina ayurvédica ancestral. El aspecto más interesante de su método es que, aunque no logren comercializar un producto, ofrecen consejos a los curanderos tradicionales y a su comunidad acerca de la eficacia de cada planta. Además, la investigación puede realizarse con un presupuesto asequible para los países en vías de desarrollo, ya que las primeras etapas requieren poco más que papel y lápiz. Los estudios sobre cierta amapola en Mali constituyen una prueba del potencial de esta estrategia e, inesperadamente, algunas instituciones sanitarias internacionales han dado una segunda oportunidad a las plantas medicinales.

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