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Sobre poblaciones y evolución humana, y la separación de las dos culturas

POBLACIONES Y EVOLUCIÓN
En el número monográfico sobre evolución humana [Investigación y Ciencia, noviembre de 2014], dos artículos parecen contradecirse.

En «A golpe de suerte», Ian Tattersall afirma lo siguiente: «Para que una población adopte una innovación sustancial —ya sea genética o cultural—, su tamaño debe ser reducido. Las comunidades grandes y muy densas arrastran demasiada inercia genética, lo que les impide cambiar de manera constante en una misma dirección». Sin embargo, en «El futuro de la evolución humana», John Hawks sostiene que «el rápido y enorme crecimiento demográfico de nuestros antepasados les concedió muchas más oportunidades».

Mel Tremper
Berwyn Heights, Maryland

 

RESPONDEN LOS EDITORES: Aunque las explicaciones de Tattersall y Hawks puedan parecer contradictorias, una y otra se refieren a escenarios evolutivos distintos.

El artículo de Tattersall se centra en la evolución de pequeñas poblaciones de homininos que vivían aisladas unas de otras y en entornos diferentes. En tales condiciones, los cambios genéticos y culturales aleatorios (tanto beneficiosos como neutrales) pudieron acumularse con rapidez. Ello condujo a dichas poblaciones a diferenciarse y, en última estancia, a separarse en especies distintas.

Por su parte, el artículo de Hawks trata sobre los cambios genéticos adaptativos en las grandes poblaciones de Homo sapiens. Las comunidades de gran tamaño se caracterizan por un mayor número de emparejamientos, lo que incrementa la probabilidad de que surjan cambios genéticos beneficiosos. Ello habría facilitado que nuestra especie se adaptase a los nuevos entornos que encontró al salir de África y expandirse por el resto del mundo.

 

¿DOS CULTURAS?
En su artículo sobre la génesis del alejamiento entre la ciencia y la filosofía [«Cuando la ciencia se separó de la filosofía»; Investigación y Ciencia, marzo de 2015], Juan Arana ofrece cumplidas referencias sobre cómo ocurrió históricamente una separación que, con el paso del tiempo, tiende a aumentar.

Es probable que la divergencia entre ambos saberes sea el tributo que haya que pagar con motivo de la especialización, exigible en cada rama del conocimiento para alcanzar las máximas cotas de eficiencia. El problema es que, a cambio de esa eficiencia, puede estar perdiéndose una visión más profunda del ser humano y sus circunstancias. Una que se encuentra en la base de las grandes preguntas que seguimos haciéndonos: por qué existimos, hacia dónde vamos, etcétera.

Hoy en día, cualquier filósofo que no posea un conocimiento científico algo más que básico estará especulando desde una fantasía estéril. Asimismo, el científico que en su trabajo cotidiano no incorpore un ethos que vaya más allá de la pura deontología profesional y que ponga en consideración, en primer término, el respeto a la dignidad del hombre y su entorno natural estará sentando las bases de una peligrosa razón instrumental.

Para que el conocimiento humano realmente progrese y no solo crezca, parece imprescindible que científicos naturales, sociales y filósofos trabajen para resolver este serio problema de desencuentro —y, en muchos casos, incluso rivalidad— entre las ciencias y las humanidades. Para ello, es necesario que las rígidas paredes que separan a una y otra forma de conocimiento sean más porosas y se «contaminen» mutuamente sin ningún temor.

Horacio Torvisco Pulido
Alcobendas, Madrid

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