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Declive de las poblaciones de anfibios

El número de ranas, sapos y salamandras está descendiendo en muchas zonas del mundo. Por diversas razones, que van desde la destrucción del hábitat local hasta la disminución global de la capa de ozono.

La fascinación que todos sentimos por las ranas y otros anfibios se remonta, quizás, a los años de la niñez, cuando descubrimos el mundo de los renacuajos y su metamorfosis. Pero las cosas han cambiado. Para muchos adultos el interés surge ahora de otro tipo de transformaciones: las poblaciones de anfibios menguan por doquier, y algunos grupos están desapareciendo por completo de sus hábitats nativos. Este declive, reconocido ya en 1990 como un fenómeno mundial, merece cierta atención, no sólo por ser en sí mismo preocupante, sino porque las ranas y sus parientes (principalmente sapos y salamandras) pueden servir de indicadores de la calidad general del ambiente.

Varias son las razones por las que los anfibios se convierten en importantes marcadores de la salud del planeta. En primer lugar, se encuentran en íntimo contacto con muchos componentes de su entorno natural. En su fase larvaria, por ejemplo, las ranas viven en el agua, pero llegada la madurez habitan casi todas en tierra, al menos parcialmente. Su piel fina, húmeda y delicada, permite la respiración; sus huevos carentes de cáscara se encuentran directamente expuestos al suelo, el agua y la luz solar. Las larvas son herbívoras; los adultos, carnívoros. Puesto que los anfibios se desenvuelven en diversos sectores del ambiente, su equilibrio corporal refleja las influencias múltiples que operan en el ecosistema. En segundo lugar, estos animales constituyen excelentes registros de las condiciones locales: no emigran del sitio que les vio nacer, permaneciendo pues, durante toda su vida, confinados en regiones bastante limitadas. Lo que les ocurre a los anfibios se produce en zonas habitadas por el ser humano, de modo que también pudiera afectar a nuestra especie.

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