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El impacto humano en las aves migratorias

Las aves migratorias son especialmente sensibles a la actividad humana. La preservación de sus circuitos no se logrará sin una adecuada cooperación internacional.

Ánsar común (Anser anser).
[WIKIMEDIA COMMONS/MICHAEL MAGGS/CC BY SA 3.0]

En síntesis

En las últimas décadas se ha registrado un declive generalizado en numerosas especies de aves migratorias, lo que se ha atribuido al impacto provocado por las actividades humanas, como la pérdida de hábitat, la caza y el cambio climático.

Si se tiene en cuenta que el 84 por ciento de las aves europeas se desplazan a otras zonas para reproducirse o invernar, necesitamos disponer de un conocimiento detallado sobre su situación actual para proteger sus poblaciones.

La gestión de las aves migratorias orientada a su conservación representa un reto complejo debido a las peculiaridades de su vida itinerante. Se necesitan acuerdos internacionales que sustenten la protección de este grupo, así como una base social que la respalde.

El paso de las estaciones produce cambios ambientales a los que son muy sensibles los animales. Así, las variaciones en la temperatura y la humedad determinan el crecimiento de las plantas y la cantidad de biomasa que estas producen, de lo cual dependerán la abundancia y la disponibilidad del alimento para los animales. Muchos de ellos han desarrollado una estrategia para responder a estas modificaciones del entorno: realizan desplazamientos cíclicos que los llevan, con periodicidad anual, hacia las áreas más adecuadas para la reproducción. Esta respuesta viajera a la estacionalidad del medio es lo que conocemos como migración.

Las aves son uno de los grupos de animales que afrontan con mayor eficacia los desplazamientos migratorios gracias a sus adaptaciones al vuelo. De este modo, el charrán ártico (Sterna paradisaea) vuela sobre el océano Atlántico en un circuito de 70.000 kilómetros entre los polos boreal (donde cría) y austral (donde veranea). El ánsar indio (Anser indicus) migra sobre el Himalaya a más de 8000 metros de altitud en condiciones de escasez extrema de oxígeno. Y las collalbas grises de Groenlandia (Oenanthe oenanthe leucorhoa) parecen cubrir, en un único viaje, los 4000 kilómetros que las separan de sus cuarteles africanos.

Gracias a esta facilidad de movimientos, las aves rastrean a escala planetaria las variaciones en la disponibilidad de recursos. De hecho, la mayor parte de las especies migratorias se desplazan para criar en altas latitudes durante los veranos boreal o austral y, llegado el otoño, se retiran hacia los trópicos. La alta productividad de los hábitats elegidos para la reproducción significa que hallarán unos recursos más abundantes (como invertebrados ricos en proteínas), lo que se traducirá en la producción de más huevos, la crianza de pollos mejor alimentados y una mayor supervivencia de la progenie.

Ahí reside el secreto del viaje, la ventaja que compensa la mortalidad asociada a los peligros de una vida itinerante. Hoy se calcula que unas 1600 de las 10.000 especies de aves del planeta realizan estos movimientos estacionales, un porcentaje que aumenta en los sectores más norteños de Eurasia y Norteamérica. Solo en Europa, el 84 por ciento de sus 340 especies de aves son migratorias.

Sin embargo, en las últimas décadas se ha registrado en todo el mundo un descenso generalizado en las cifras de aves que se desplazan. Este fenómeno, que afecta a numerosas especies, se ha atribuido al impacto de las actividades humanas, entre ellas la pérdida de hábitat, la caza y el cambio climático. La supervivencia de algunas aves se halla amenazada por estas causas; si deseamos salvarlas, es preciso emprender una acción decidida a gran escala. Pero, para establecer estrategias de conservación eficaces, se necesita disponer antes de un diagnóstico de su situación. Debemos conocer con detalle los problemas que acosan a las aves. No solo los que alteran sus rutas migratorias y los lugares donde realizan escalas, sino también los que afectan al momento y la periodicidad de los desplazamientos.

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