Una fábrica romana

La mayoría de los historiadores sostienen que los romanos no desarrollaron la técnica de la producción mecanizada por lo barato que era el trabajo de los esclavos. Las ruinas de Barbégal, en Francia, cuentan una versión distinta.

Pocos visitantes de Arles, en el sur de Francia, suelen tomarse la molestia de prolongar su viaje hasta la aldea de Fontvieille, sita a 19 kilómetros al nordeste. Menos aún son los que giran hacia el sur desde Fontvieille y siguen cuatro kilómetros por la carretera D 33, donde un camino de carro, que se desvía a la izquierda, lleva hasta una de las maravillas técnicas de la antigüedad clásica, el molino de Barbégal.

Barbégal es un ejemplo bien conservado de algo que, a tenor de los libros de texto, jamás ha existido: un conjunto fabril auténtico, de la época romana, impulsado por energía y dedicado a la producción en masa. Es un yacimiento grande, imponente, que no requirió excavación alguna. Pero la atención concentrada en templos y otros monumentos artísticos no se detuvo en los monumentos técnicos como los molinos; hizo falta que el arqueólogo francés Femand Benoit publicase sus investigaciones en 1940, para que la ciencia se percatase de su importancia.

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