La nueva arqueología de Jerusalén

Por mucho que se tecnifique la arqueología bíblica, los académicos siguen obsesionados con las antiguas Escrituras y divididos por la situación política.

La ciudad vieja de Jerusalén alberga lugares sagrados del cristianismo, el judaísmo y el islam, como la iglesia del Santo Sepulcro, el muro de las Lamentaciones y la cúpula de la Roca. [SIMON NORFOLK]

En síntesis

La arqueología bíblica ha impulsado las excavaciones en Jerusalén desde hace siglo y medio, pero la obsesión con las Escrituras también ha generado grandes lagunas en el registro arqueológico de la metrópoli.

En los últimos años, los expertos en Jerusalén han comenzado a arrojar luz sobre esos períodos menos conocidos, gracias a la adopción de técnicas más modernas y a la internacionalización de los proyectos.

Sin embargo, las excavaciones de la Ciudad Santa siguen muy ligadas a la fe y la política, lo cual dificulta la labor científica y podría hacer que volviera a imponerse la arqueología bíblica tradicional.

El pasado otoño, los titulares de medio mundo se hicieron eco del descubrimiento de una letrina de hace 2700 años. Su importancia no tenía tanto que ver con los sistemas de saneamiento de antaño como con su ubicación: Jerusalén. Ningún otro emplazamiento ha sido objeto de tantas excavaciones como esta antigua ciudad de Oriente Medio, convertida hoy en una metrópolis en rápida expansión; en cualquier momento dado puede haber en marcha más de una docena de proyectos. Y ningún otro lugar concita tanta atención mediática por sus hallazgos arqueológicos, por mundanos que sean. Solo allí puede ocurrir que un retrete milenario acapare el interés de millones de personas.

Desde la década de 1830 han acudido en tropel buscadores de tesoros, fervientes devotos y estudiosos para escarbar en el pasado de un lugar que miles de millones de personas consideran sagrado. Ávidos de sepulturas y riquezas, los primeros en llegar fundaron la arqueología bíblica, la única disciplina basada en la idea de que la ciencia puede reforzar la fe tradicional, en vez de socavarla. Con el tiempo, los sustituyeron académicos laicos, menos preocupados por defender las Sagradas Escrituras o hallar tesoros, pero que, aun así, veían la Biblia como una herramienta igual de valiosa que sus palas.

Pero, tras más de siglo y medio de investigaciones, Jerusalén seguía desconcertando a los expertos. En su registro arqueológico de cinco mil años faltaban eras enteras, desde sus raíces judías hasta los períodos posteriores de dominio persa, helenístico y árabe. Los científicos no sabían mucho acerca de sus habitantes: qué comían, de qué enfermaban, con quiénes comerciaban o qué influencias ejercieron (y sufrieron) sobre sus vecinos.

La principal causa de esas lagunas era la añeja fijación de los arqueólogos con las Escrituras hebreas, que les impedía modernizar sus métodos para reconstruir el pasado. Hasta hace muy poco no han adoptado técnicas como la datación por radiocarbono, una práctica habitual desde hace mucho entre los investigadores que trabajan en el resto del mundo. Resueltos a encontrar restos históricos de la era bíblica, les ha costado mucho abordar la ardua tarea de hurgar en pilas de basura para comprender mejor la vida cotidiana de hace milenios.

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