Marea de peces muertos en Madeira Beach, Florida, en julio de 2021. [Octavio Jones/Getty Images]

El verano pasado, en un suceso excepcional ocurrido en la bahía de Tampa, en Florida, más de 160 kilómetros de costa quedaron convertidos en una zona muerta sin oxígeno plagada de peces sin vida. En el noroeste, los cangrejos de Dungeness (Metacarcinus magister) chapoteaban en las playas de Oregón, incapaces de escapar de unas aguas que, en las dos últimas décadas, han sufrido drásticas pérdidas de oxígeno de forma puntual.

Buena parte del debate en torno a nuestra crisis climática incide en la emisión de gases de efecto invernadero y su repercusión en el calentamiento global, las precipitaciones, la elevación del nivel del mar y la acidificación de los océanos. Sin embargo, se oye hablar poco de las consecuencias que el cambio climático acarrea en las concentraciones de oxígeno, sobre todo en los océanos y los lagos. Pero lo cierto es que, en unas aguas sin suficiente oxígeno, los organismos no pueden sobrevivir. Por eso, para los 3000 millones de personas cuyos ingresos dependen de la pesca costera, una disminución de los niveles de oxígeno marino supone una catástrofe.

Como expertas en cuestiones climáticas relacionadas con el océano y la atmósfera, consideramos que la concentración de oxígeno marino constituye la próxima gran víctima del calentamiento global. Para evitar que la situación se agrave, debemos incluir en el debate climático la peligrosa situación en que se encuentran los niveles de oxígeno oceánico (el sustento de las formas de vida de nuestro planeta). Debemos acelerar la puesta en marcha de soluciones climáticas para el océano que permitan reforzar su concentración de oxígeno. Un ejemplo son algunas de las propuestas basadas en procesos naturales que se debatieron en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26), celebrada en Glasgow en 2021.

A medida que aumenta la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera, no solo se calienta el aire al absorber una mayor radiación, sino también el agua. La interacción entre los océanos y la atmósfera es compleja, pero la situación puede resumirse en que los océanos han absorbido cerca del 90 por ciento del exceso de calor generado por el cambio climático a lo largo del Antropoceno. Los cuerpos de agua también pueden absorber CO2 y oxígeno, aunque solo hasta cierto punto, puesto que el agua caliente retiene menos oxígeno. Esa disminución se suma a la pérdida a escala mundial del fitoplancton, una fuente de oxígeno cuya desaparición no solo se atribuye al cambio climático sino también a la contaminación por plásticos y la escorrentía industrial. Ello altera los ecosistemas, asfixia la vida marina y causa una mayor pérdida de organismos. Vastas regiones oceánicas ya han perdido entre el 10 y el 40 por ciento de su oxígeno, y se piensa que el cambio climático acelerará el proceso.

La drástica desoxigenación de nuestras masas de agua agrava los mecanismos de retroalimentación climáticos que han sido descritos por expertos procedentes de distintas disciplinas. Centenares de esos científicos firmaron en 2018 la Declaración de Kiel sobre la Desoxigenación de los Océanos, que ha culminado en la nueva Década Mundial del Oxígeno Oceánico, un proyecto enmarcado en la Década de los Océanos de la ONU (2021-2030). Sin embargo, pese a haber investigado durante años el cambio climático y sus efectos en la temperatura, sabemos comparativamente poco sobre su repercusión en la concentración de oxígeno y sobre lo que podría suponer para la totalidad del sistema terrestre una disminución del gas.

Mientras el sector financiero invierte en soluciones para mitigar el cambio climático, entre las que probablemente se incluyen propuestas  basadas en geoingeniería, como la fertilización con hierro, corremos el riesgo de agudizar la desoxigenación. Debemos analizar cualquier consecuencia imprevista que pudieran tener las soluciones climáticas en todo el sistema que sustenta la vida.

Además de mejorar la vigilancia del oxígeno y establecer un sistema que lo contabilice, el programa que planteamos incluye valorar por completo los beneficios colaterales que reporta a los ecosistemas la captura de carbono por las algas oceánicas, las praderas submarinas, los manglares y otros humedales. Las soluciones basadas en el secuestro de este carbono, denominado «azul», también pueden favorecer notablemente la oxigenación de nuestro planeta a través de la fotosíntesis. En la COP26 vimos muchas iniciativas y compromisos centrados principalmente en el dominio terrestre, como la gestión forestal, que suponen excelentes pasos adelante. Esperamos que la conferencia sobre el clima de 2021 y la COP27 de este año sirvan para que las medidas basadas en procesos naturales oceánicos se materialicen, impulsadas por la Década de los Océanos de la ONU.

Incluir el oxígeno en el debate climático nos motivaría a realizar el trabajo necesario para comprender las profundas transformaciones que están sufriendo nuestros complejos sistemas atmosféricos y oceánicos. A pesar de que, en los últimos años, hemos celebrado el regreso de las ballenas jorobadas al puerto de Nueva York y al río Hudson, ambos cada vez más limpios, también hemos visto cómo el río se llenaba de peces muertos en verano a causa de unas aguas más cálidas que contenían menos oxígeno. El modo en que los ecosistemas responden a los sistemas físicos y químicos puede servirnos de guía para adoptar nuevos enfoques a la hora de plantear soluciones climáticas —unos enfoques que supongan comprender los entresijos del sistema que sustenta la vida en nuestro planeta y nos ayuden a entender mejor la desoxigenación para lograr reducir las emisiones de CO2—. Cerca del 40 por ciento de la población mundial depende del océano para su subsistencia. Si no logramos proteger la vida marina de la falta de oxígeno, nos moriremos de hambre.

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