LA BÚSQUEDA DE SUPERSIMETRÍA
En «La supersimetría y la crisis de la física» [Investigación y Ciencia, junio de 2014], Joseph Lykken y Maria Spiropulu analizan las expectativas creadas ante la posibilidad de que el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN encuentre indicios de supersimetría, así como las consecuencias para la física de que tal hallazgo no se produjese.

Sin embargo, hay una manera de enfocar la cuestión que los autores omiten. Numerosos investigadores ven buenos motivos para considerar modelos basados en la teoría de cuerdas y su variante, la teoría M, con dimensiones extra pequeñas. Para hacer predicciones a partir de las 10 u 11 dimensiones que postulan estas teorías, es necesario proyectarlas sobre un mundo con 4 dimensiones espaciotemporales. Varias de las descripciones resultantes han demostrado su éxito desde un punto de vista fenomenológico. En esencia, todos esos modelos predicen que algunos de los supercompañeros de los bosones electrodébiles deberían ser lo suficientemente ligeros para poder detectarlos en el LHC, y varios de ellos vaticinan que lo mismo debería ocurrir con los gluinos, los hipotéticos compañeros supersimétricos de los gluones.

Las predicciones basadas en estas teorías deberían ser tomadas en serio. Por mi parte, estaría encantado de apostar que las partículas supersimétricas aparecerán en el LHC, pero tengo problemas para encontrar a gente dispuesta a apostar lo contrario.

Gordon Kane
Universidad de Michigan

 

En su artículo, Lykken y Spiropulu hablan de la supuesta crisis que asaltaría la física en caso de que el LHC no hallase indicios de partículas supersimétricas. Sin embargo, los autores pasan por alto algunas de las posibilidades que, ya en 2012, desarrollé en la blogosfera de Scientific American (blogs.scientificamerican.com/guest-blog/2012/06/20/beyond-higgs-on-supersymmetry-or-lack-thereof/): que en el modelo estándar no falle absolutamente nada, que no sea necesario modificar ninguno de sus aspectos y que ni si quiera los efectos cuánticos de la gravedad lo arruinen. Tal escenario sería más aburrido que cualquiera de sus maravillosas alternativas, pero también mucho más simple.

Glenn D. Starkman
Universidad Case Western Reserve
Cleveland, Ohio

 

ARITMÉTICA DEL ADN
En «Detector de patógenos» [Investigación y Ciencia, agosto de 2014], David
J. Ecker expone una técnica para identificar el origen de enfermedades causadas por virus, bacterias u hongos. En un ejemplo, el autor afirma que 43 unidades de adenina, 28 de guanina, 19 de citosina y 35 de timina constituyen la única solución posible para una hebra de ADN que pese 38.768,05 dáltons. He intentado reproducir el resultado y he obtenido unas diez soluciones. ¿Podría el autor explicar la técnica con mayor detalle?

David Mawdsley
Danbury, Connecticut

 

¿Sería posible emplear la técnica descrita por Ecker para identificar diferencias entre la microbiota del tracto digestivo de personas con un peso saludable y la de aquellas con obesidad mórbida? De ser el caso, tal vez pudieran desarrollarse probióticos específicos para cada individuo, con miras a mejorar su microbiota y facilitar la pérdida de peso.

Ron Rega
Marietta, Georgia

 

RESPONDE ECKER: Mawdsley está en lo cierto. Referirse a una hebra de 38.768,05 dáltons como la única correspondiente a los nucleótidos indicados no era más que una simplificación con fines didácticos. En principio, incluir más cifras decimales garantizaría la unicidad de la solución, si bien esto pasa por alto que las mediciones adolecen de un error de 10 partes por millón (ppm). Al tener esta precisión en cuenta, ¡las combinaciones posibles ascienden a casi un millar!

Sin embargo, nuestro método separa las dos partes de una hebra doble de ADN y mide cada una de ellas de manera independiente. Y, dado que sabemos que el número de adeninas ha de ser igual al de timinas (y lo mismo para la guanina y la citosina), una tolerancia de 10 ppm asegura que solo hay una solución válida para ambas hebras simples. Restringir el problema a dos hebras unidas según las reglas de Watson y Crick forma parte del algoritmo usado.

Con respecto a la segunda pregunta, la respuesta es afirmativa: al menos en teoría, la técnica sí podría emplearse para caracterizar la microbiota intestinal de una persona, hacerse con una imagen su «enterotipo» y medir los cambios provocados por terapias pre- o probióticas.

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