EMORY KRISTOF, National Geographic

África se está partiendo en dos. La razón: una falla geológica se abre a lo largo del este del continente, donde dentro de muchos millones de años habrá un mar. Hace decenios que se debate sobre qué está produciendo esta separación de placas tectónicas. Los geofísicos creían que la causa era una superpluma, una gigantesca columna dentro del manto terrestre que lleva calor desde cerca del núcleo hasta la corteza. Daban como prueba dos grandes mesetas (una en Etiopía, la otra en Kenia) que, decían, se crearon porque una superpluma empujó el manto. Los geoquímicos, que no han podido confirmar esta teoría, creían, en cambio, que debía de haber dos plumas pequeñas y sin relación entre sí, cada una de las cuales empujaba a su meseta. Estas dos teorías no casaban. Como dice David Hamilton, geoquímico de la Institución Scripps de Oceanografía en La Jolla, California, «había una discrepancia entre la química y la física».

En 2006 y 2011 Hilton marchó al este de África para ver si podía zanjar la discusión. Para determinar cómo se creó la falla, decidió con sus colaboradores que se valdrían de los gases que emanan de ella. Protegidos con máscaras, ascendieron hasta lo más alto de los volcanes de Tanzania y se introdujeron en los mazuku («malos vientos» en suajili), unas fumarolas geotérmicas y depresiones donde se acumulan gases letales que a menudo matan a pájaros y mamíferos. Allí recogieron muestras de rocas depositadas durante las erupciones; entre ellas había olivinos, cristales que, como si fueran botellas, encierran gases volcánicos.

De vuelta a California, Hilton trituró las rocas en el vacío para que soltasen los gases. Buscaba helio 3, un isótopo que se hallaba presente cuando el planeta se formó y quedó atrapado en el núcleo terrestre. Pensaba que, si en las mesetas etíope y keniata había rocas que contuviesen ese gas primordial, al menos quedaría confirmado que las crearon plumas. Las lecturas mostraron que, en efecto, ambas contenían helio 3. Pero ello no aclaraba si una sola pluma lo hizo todo o si fue obra de un par de plumas más pequeñas.

Para averiguarlo, los investigadores se fijaron en otro gas primordial atrapado en el manto: el neón 22. Lo hallaron en las dos mesetas, y las razones entre helio y neón de ambas coincidían, como publicaron en abril en Geophysical Research Letters. El material de las plumas subyacentes a una y a la otra era, pues, el mismo y de la misma edad. Por tanto, solo había una superpluma común a ambas y la razón la habían tenido siempre los geofísicos.

«Los del "que no, que no y que no", empeñados en la inexistencia de conexión entre la falla y las plumas —y algunos que negarían incluso que haya una pluma—, ya no tienen en qué basarse», comenta Pete Burnard, geoquímico del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, que no participó en estos trabajos.

La superpluma africana hará más accesible el estudio de lo que ocurre en las entrañas de la Tierra (otra se encuentra bajo el océano Pacífico). Hilton y su equipo están midiendo ahora cuánto carbono está desprendiendo el manto en el este de África, su antigüedad y si se ha reciclado a partir de carbono apresado en la corteza originalmente, hace miles de millones de años. Esta información arrojará luz sobre las interacciones entre las capas de la Tierra a lo largo de escalas de tiempo mucho más largas, como los cientos de millones de años que tarda en formarse un continente. O en partirse.

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