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1 de Diciembre de 2013
Ecología

Fontanería forestal aplicada

A pesar de las diferencias en su sistema vascular, los árboles de distintas zonas climáticas sufren un riesgo equiparable de sucumbir ante las sequías.

YUZOU SANO, UNIVERSIDAD DE HOKKAIDO

Cuando miramos el tronco de un árbol nos cuesta imaginar que en la madera de su interior se esconde un complejísimo sistema de microtubos análogo, en numerosos aspectos, a nuestro sistema circulatorio sanguíneo. Y sin embargo es así. Las plantas bombean continuamente enormes cantidades de agua del suelo a las hojas y de allí a la atmósfera. Globalmente, los vegetales devuelven a la atmósfera más de la mitad de los 110.000 kilómetros cúbicos de agua que caen sobre los continentes cada año en forma de precipitación. Dependiendo de las condiciones ambientales, un solo árbol puede llegar a transpirar cientos de litros de agua en un día, cantidad equiparable al consumo de agua potable de un habitante de una ciudad como Barcelona (200 litros por día).

¿A qué se deben los elevados requerimientos hídricos de los árboles? Del agua que las plantas absorben por las raíces, una fracción muy reducida es utilizada directamente en su metabolismo; la mayor parte circula por su interior y, después de evaporarse, regresa a la atmósfera. Cabe preguntarse por qué se produce este dispendio. Por un lado, el agua constituye el medio por el que los nutrientes obtenidos del suelo son transportados hasta los tejidos fotosintéticos de las hojas. Allí, las moléculas inorgánicas de dióxido de carbono (CO2) son transformadas, mediante la energía solar, en compuestos orgánicos (carbohidratos). Estos son distribuidos a través de la planta, de nuevo en medio acuoso, para aportar el material de construcción y la fuente de energía básica que utiliza el metabolismo vegetal.

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