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1 de Febrero de 2012
Paleogenética

Genética de la cognición

La secuenciación del genoma humano avivó la esperanza de entender mejor el desarrollo cognitivo de nuestra especie. Hoy, sin embargo, las principales preguntas siguen aún sin respuesta.

NATIONAL HUMAN GENOME RESEARCH INSTITUTE

En síntesis

Aunque hoy sabemos que el genoma humano ha cambiado de diversas maneras a lo largo de la evolución, el origen de dichas modificaciones continúa siendo un misterio.

Se conocen numerosos genes relacionados con facultades cognitivas. Estas, sin embargo, parecen obedecer a factores más complejos que los dictados por un único gen.

A lo largo de los dos últimos millones de años, el cerebro humano ha triplicado su tamaño y, con ello, su complejidad neuronal. Durante décadas, los expertos han intentado desentrañar las características anatómicas y fisiológicas de la evolución cerebral. La genética había prometido revelárselas: en 2003 se descifró el genoma completo del hombre moderno; dos años más tarde se comparó con el de nuestro pariente vivo más cercano, el chimpancé [véase «¿Qué nos hace humanos?», por K. S. Pollard; Investigación y Ciencia, julio de 2009], y en 2010, el grupo de investigación liderado por Svante Pääbo, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, presentó la primera versión del genoma del neandertal, del que se había secuenciado un 60por ciento. Tras un decenio de grandes avances, la genética ofrecía un número incalculable de posibilidades para seguir la pista al origen de la cognición humana.

Gracias a la comparación de nuestro genoma con el de los primates y otras especies animales, los expertos en paleogenética han podido confirmar que el genoma humano ha cambiado en numerosos aspectos a lo largo de la evolución. Emergieron nuevos genes, otros desaparecieron y algunos se modificaron. Sin embargo, las consecuencias de estos cambios aún no se comprenden bien; sobre todo, en lo que respecta a la funcionalidad de los genes asociados. Son pocas las ocasiones en las que se han extraído conclusiones definitivas, como ha ocurrido en el caso de los genes que controlan los receptores olfativos en algunos primates y, en particular, en el hombre. Hoy sabemos que la evolución redujo su número. Se cree que ello obedece a que nuestros antepasados fueron dependiendo cada vez menos del sentido del olfato, tanto para buscar comida como para interaccionar con otros miembros de su especie.

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