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1 de Febrero de 2012
Tecnología de la información

Simular el planeta en tiempo real

Si introdujéramos todos los datos relevantes del planeta en un superordenador, ¿podría ayudarnos a predecir acontecimientos futuros? Un experto que así lo cree quizá reciba mil millones de euros de la UE para materializar el proyecto.
DE: «THE STRUCTURE OF BORDERS IN A SMALL WORLD», C. THIEMANN, F. THEIS, D. GRADY, R. BRUNE Y D. BROCKMANN EN PLOS ONE, VOL. 5, Núm. 11; 2010.

En síntesis

Un proyecto de investigación persigue construir un ordenador que ayude a predecir todo tipo de situaciones a escala mundial.

Las diferentes simulaciones se nutrirían de las enormes cantidades de datos a las que hoy pueden acceder los expertos.

Muchos piensan, sin embargo, que ningún modelo podrá dar cuenta de la gran complejidad que se deriva del comportamiento humano.

Otras propuestas abogan por una «máquina del conocimiento» basada en los principios de la web: interconexión y debates.
La crisis financiera que el año pasado castigó a Grecia reventó las costuras de la economía mundial. Tras acumular una deuda que jamás podría devolver, el país se enfrentaba a un cúmulo de consecuencias nefastas. Los recortes del gasto público avivaron las revueltas en las calles de Atenas y las amenazas de quiebra hicieron temblar los mercados financieros internacionales. Numerosos economistas recomendaron que Grecia abandonase el euro y devaluara su divisa; algo que, en teoría, ayudaría a reactivar el crecimiento. «No nos equivoquemos, una salida ordenada del euro será muy complicada», escribía en el Financial Times Nouriel Roubini, economista de la Universidad de Nueva York, «pero mucho peor resultará contemplar el estallido lento y anárquico de la economía y la sociedad griegas».
Nadie podía prever el curso de los acontecimientos. Cundió el temor de que, si Grecia abandonaba el euro, llegara después el turno de España e Italia. The Economist, por su parte, opinaba que la crisis redundaría en un mayor control de la política fiscal desde Bruselas, lo que a la postre acabaría fortaleciendo la integración de la eurozona. Pero las consecuencias llegarían más allá: la emigración a la UE podría concentrarse hacia Grecia, convertida de repente en una nación más asequible; la caída del turismo limitaría la propagación de epidemias y la alteración
de las rutas comerciales dejaría su huella sobre los ecosistemas. La pregunta en sí era sencilla: ¿debía Grecia abandonar el euro o no? Pero la respuesta comportaba repercusiones tan profundas y complejas que ni siquiera las mentes más preclaras podían abarcarlas todas.

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