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1 de Enero de 1999
Astronomía

Meteoritos en el desierto

La huella de un impacto en medio del desierto da fe de la violencia de las rocas procedentes del espacio.

Imagínese por un instante en medio del desierto. Anochece por el noroeste. Es un paisaje desolado donde por doquier se extienden vastas dunas móviles de arena grisácea. Ni una roca, ni un alma en 250 kilómetros a la redonda. Pese al ocaso solar, el termómetro señala 50 grados. A su espalda rugen los últimos estertores de la tormenta de la tarde. El viento dominante viene del sur, como siempre a principios de la primavera.
De pronto, se enciende en el horizonte una luz brillante. Sólo una chispa, que se abre en al menos cuatro barras distintas. Apenas unos segundos, y su resplandor nos ciega. Nos quema la ropa. Pasan sigilosos esos objetos sobre nuestra cabeza. Hasta que un ruido bronco nos ensordece. Tiembla la tierra a nuestros pies y una onda de choque nos lanza a unos 50 metros. Hemos dejado atrás frentes de fuego que se elevan al firmamento, mientras vuelan por los aires grandes rocas blancas. Unas se estrellan contra la arena; otras las devora el fuego.

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