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1 de Diciembre de 2001
Farmacología

Presente y futuro de los anticuerpos monoclonales

Ideados para curar el cáncer y otras enfermedades, no lograron alcanzar el fin previsto. Las dificultades encontradas podrían subsanarse ahora con prototipos de nuevo cuño.
El optimismo ilimitado que despertaron los anticuerpos monoclonales en los años ochenta resultó contagioso. A propósito del cáncer, creíase que, a la manera de misiles teledirigidos, los anticuerpos monoclonales portadores de tóxicos o isótopos radiactivos podrían orientarse contra las células tumorales y depositar su carga letal, eliminando las células cancerosas y dejando intactas las normales. Si de enfermedades infecciosas se trataba, los anticuerpos monoclonales sitiarían a los virus y bacterias introducidos en el organismo, confinándolos en recintos donde las células del sistema inmunitario acabarían con ellos.
Pero la realidad ha mostrado que las cosas son más difíciles. Los anticuerpos monoclonales son proteínas del sistema inmunitario muy puras que atacan dianas moleculares específicas. Para su infortunio, los individuos que recibieron la primera hornada de anticuerpos monoclonales con fines terapéuticos tendían a desarrollar sus propios anticuerpos contra los anticuerpos inyectados. Eso hizo que, por causas que no acabamos de conocer, progresaran aún más en su patología. El hígado secuestraba tales anticuerpos monoclonales y los eliminaba antes de que pudieran alcanzar sus objetivos. Fracasaron los ensayos clínicos. Las inversiones se hundieron, con pérdidas millonarias. Cundió el escepticismo entre científicos y laboratorios farmacéuticos.

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