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1 de Noviembre de 2009
Evolución

El ojo

¿Para qué sirve la mitad de un ojo? Para muchas cosas.
FABRICE LEROUGE Getty Images
Un argumento favorito de los creacionistas a ultranza es que un órgano tan complejo como el ojo humano (provisto de iris regulador de la luz, cristalino, retina estratificada de células fotosensibles y otros elementos) no puede ser resultado de la evolución darwinista. ¿Cómo podrían unas mutaciones aleatorias haber creado y ensamblado de forma espontánea unas partes carentes de finalidad por sí mismas? "¿De qué sirve la mitad de un ojo?", ironizan, pretendiendo que este órgano constituya una prueba evidente de la intervención directa de Dios.
De hecho, hasta Charles Darwin reconoció en El Origen de las Especies que el ojo parecía plantear una objeción a su teoría. Sin embargo, al examinar el registro fósil, las etapas de desarrollo embrionario y los diversos tipos de ojos en los animales existentes, los biólogos de la escuela de Darwin han señalado las sucesivas etapas de la evolución que pueden haber dado lugar al ojo que conocemos hoy.
La estructura básica de nuestros ojos es similar en todos los vertebrados, lampreas incluidas, cuyos antepasados se separaron de los nuestros hace unos 500 millones de años. Por aquel entonces, pues, todos los caracteres básicos del ojo tenían que existir, afirma Trevor Lamb, de la Universidad Nacional Australiana. Pero los vertebrados que siguen a las lampreas en afinidad, los resbaladizos mixinos (de cráneo cartilaginoso y sin ningún otro hueso), están dotados sólo de ojos rudimentarios: unas estructuras cónicas bajo la piel, sin córnea, ni cristalino ni músculos, cuya función probablemente se limita a medir la luz ambiente en los profundos y fangosos lechos marinos donde medran estos peces agnatos.
Es, por tanto, verosímil que nuestros ojos hayan evolucionado tras haber divergido nuestra ascendencia y la de los mixinos, tal vez hace 550 millones de años según Lamb. Los animales más primitivos acaso contaran con células fotosensibles implantadas en el cerebro para distinguir la luz de la oscuridad y la noche del día. Si esos implantes se hubiesen reestructurado formando vesículas, como en el caso de los mixinos, podrían haber localizado la dirección de procedencia de la luz. Las pequeñas mejoras siguientes habrían permitido visualizar imágenes toscas, como las que perciben los ojos del molusco nautilo. El cristalino sería el resultado de la evolución de capas de piel transparente engrosada. Lo esencial es que, en cada etapa, el ojo "incompleto" tuviera posibilidades de sobrevivir a sus antecesores.
Los biólogos han calculado que todos esos cambios podrían haber ocurrido en sólo 100.000 generaciones, un abrir y cerrar de ojos en términos geológicos. Quizás era preciso evolucionar con tal prontitud, puesto que numerosos invertebrados estaban desarrollando sus tipos de ojos particulares. Según Lamb, se trataba de una auténtica carrera de armamentos: "en cuanto otros adquirían visión y empezaban a devorarte, lo importante era poder escapar de ellos".

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