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1 de Noviembre de 2009
Evolución

La placenta

Procede evolutivamente de una membrana de la cáscara del huevo.
GETTY IMAGES
Hace más de 120 millones de años, mientras los dinosaurios gigantes se enzarzaban en las selvas, ocurría en el sotobosque del Cretácico un espectáculo más tranquilo: cierto linaje de seres diminutos y peludos dejó de poner huevos y parió crías vivas. Se trataba de los ascendientes de casi todos los mamíferos actuales (a excepción de ornitorrincos y equidnas, que hoy en día todavía ponen huevos).
Lo que hace posible el nacimiento con vida de los mamíferos es un órgano singular, la placenta, que envuelve al embrión en desarrollo y regula el flujo de nutrientes y gases entre el feto y la madre a través del cordón umbilical.
La placenta parece haber evolucionado a partir del corion, una membrana delgada que reviste el interior de la cáscara de los huevos y sirve a los embriones de reptiles y aves para obtener oxígeno. Los canguros y otros marsupiales poseen y necesitan sólo una placenta rudimentaria: tras una corta gestación, sus crías, del tamaño de una alubia, finalizan su desarrollo mientras maman en la bolsa de la madre. Sin embargo, los humanos y la mayoría de los mamíferos requieren una placenta que extraiga los nutrientes de la sangre de la madre durante una prolongada gestación.
Estudios recientes han demostrado que la complejidad de la placenta se debe, en parte, a la manera en que diferentes genes de la misma se activan a lo largo del tiempo. Al principio del desarrollo embrionario, las placentas de los ratones y de los humanos dependen del mismo conjunto de genes antiguos relacionados con la proliferación celular. Pero hacia el final de la gestación, aunque la placenta no altere aparentemente su aspecto, recurre a genes más modernos y exclusivos de la especie. De ese modo, las placentas están adaptadas a las necesidades de mamíferos con diferentes estrategias reproductoras: basta comparar a los ratones, cuya gestación dura tres semanas y paren 12 o más crías, y a los humanos, que a los nueve meses dan a luz sólo una.
Para que la placenta, que, antes que otra cosa, es un órgano del feto, perdure más de una o dos semanas, debe evitar que el sistema inmunitario de la madre la rechace. Para ello, despliega un ejército mercenario de retrovirus endógenos, genes víricos insertados en el ADN de los mamíferos. Se ha observado a dichos virus emergiendo de las membranas celulares de la placenta. Es posible que desempeñen la función crucial de apaciguar el sistema inmunitario de la madre para que acepte la placenta (así es como ayudan a algunos tumores a sobrevivir).

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