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Ornitología participativa

Una modesta tentativa de enrolar en un proyecto de investigación a observadores de aves aficionados ha generado una riada de datos y contribuye a replantear las normas de la actividad científica.

Mosquero de salceda. [Glenn Bartley, Corbis]

Tras los ventanales de la oficina de Steve Kelling, en casi 60 hectáreas de bosque, 50 especies de pájaros (vireos gorjeadores, piquigruesos, ampelis americanos), casi todas paseriformes, han ido llegando de un día para otro. Estamos a comienzos de mayo, empieza a caer la tarde, y sus trinos y llamadas resuenan clamorosas por todo el bosque. Una colosal cacofonía. Es un milagro que en el laboratorio de ornitología de la Universidad Cornell, en Ithaca, N.Y., Kelling, o cualquier otra persona, logre concentrarse en su trabajo.

Su trabajo, desde luego, está al otro lado del ventanal. Kelling activa en su portátil una animación: un mapa de EE.UU. perfilado en blanco sobre fondo negro.
Al pie del mismo, una barra va señalando el paso del tiempo, un año en total. Al principio nada ocurre. Súbitamente, hacia abril, aparece en California del Sur un fogonazo anaranjado, que se expande como un incendio hacia el norte y el este, hasta que todo el tercio occidental estadounidense está como en llamas, destellando y fluctuando en varios matices de blanco y naranja. Después, el fenómeno se invierte: el color se va esfumando de norte a sur, hasta que, hacia noviembre, todo el mapa queda otra vez oscuro. Acabamos de observar la migración anual y la estancia de la tangara (Piranga ludoviciana).

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