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1 de Marzo de 2015
Biología

La evolución de la arquitectura

Las moradas construidas por los animales son fruto de la evolución tanto como ellos mismos.

Esta imponente atalaya del Parque Nacional de Kakadu en Australia es obra de minúsculas termitas. Hechos con tierra, saliva y estiércol, los termiteros pueden superar los cinco metros de altura. [THINKSTOCK/NICO SMIT]

En síntesis

Aves, mamíferos, peces, insectos sociales y muchos otros animales construyen una amplia variedad de nidos y hogares intrincados. Hace mucho tiempo que se supone que los genes y el comportamiento han evolucionado para hacer posibles estas estructuras.

Pero solo en las últimas décadas se ha comenzado a desentrañar la genética de la arquitectura animal, la física que mantiene en pie sus creaciones y las reglas de comportamiento sorprendentemente simples que hacen posible la ejecución de verdaderas megalópolis por las brigadas de insectos.

Tal vez algún día lograremos diseñar programas informáticos inspirados en las reglas arquitectónicas de los insectos sociales para planificar ciudades más eficientes.

Siempre me han fascinado los hogares de los animales. A lo largo de mi vida he fisgoneado en los nidos y en las madrigueras de cientos de ellos (hormigas, termitas y avispas, aves, roedores y peces), los he examinado en el laboratorio y he estudiado los trabajos de otros expertos. He cavado hoyos de metros de profundidad en busca del fondo de los hormigueros, he buceado para ver cómo excavan los nidos los peces sol (Lepomis macrochirus) y, en mi niñez, hasta intenté entrar a nado en una madriguera de castores.

La diversidad de formas que he descubierto en el curso de mis estudios es asombrosa. Túneles largos y rectos unos, laberintos ramificados otros, espirales sinuosas o refinadas formas fractales. Pero lo que más me sorprende de todo es su mera existencia. Cada tipo de nido es tan inherente a cada especie y a cada uno de sus integrantes como lo puedan ser las extremidades, el color de los ojos, la piel o los genes. Las instrucciones de edificación deben estar, como mínimo en parte, grabadas en los genes de los arquitectos del reino animal.

Hasta hace poco, los biólogos no habían ahondado en los orígenes y la evolución de esta arquitectura. Pero estudios recientes han localizado los primeros genes responsables del comportamiento constructor y han comenzado a desvelar los principios físicos que rigen la morfología de las moradas animales y a explicar cómo es posible que insectos de cerebros tan minúsculos puedan cooperar para construir verdaderas metrópolis. Como tantas otras buenas historias, esta comienza en un garaje.

Una casa para ratones
Hopi E. Hoekstra era en 2003 una joven investigadora de la Universidad de California en San Diego que estaba empeñada en descubrir los vínculos entre los genes y el comportamiento de los ratones. Sabía que los ratones de especies distintas excavan túneles distintos. Jesse N. Weber, entonces estudiante en el laboratorio de Hoekstra, comenzó a preguntarse si podrían hallar los genes vinculados con la construcción de cada tipo de nido. Su primera tarea consistió en construir recintos lo bastante grandes y con la tierra suficiente para que los roedores excavasen.

Weber se las compuso para fabricar unas jaulas con madera contrachapada, clavos, arena y otros materiales baratos y asequibles. Dada la escasez de espacio en el laboratorio, las montó en el garaje de Hoekstra. El resultado no era bonito, pero sí eficaz: una serie de cajas unidas con cinta adhesiva y ambición. Hoekstra estaba estudiando los ratones patiblancos del género Peromyscus, por lo que Weber decidió ocupar las jaulas con dos especies: el ratón playero (P. polionotus) y el ratón ciervo (P. maniculatus). Este último, extendido por gran parte de América del Norte (excepto el extremo sudoriental), excava un solo túnel corto, mientras que el primero, presente solo en el extremo sudoriental del continente, cava una larga galería con un ramal de escape que va a morir a pocos centímetros de la superficie del suelo.

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