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La mosca negra en el río Ebro

Un indicador del estado de salud del ecosistema fluvial.

Las larvas presentan unos apéndices filtradores con los que captan los nutrientes del agua. La lucha biológica contra la mosca, que se realiza aplicando al río la bacteria Bacillus thuringiensis, tiene como objetivo precisamente sus larvas. [CODE]

La mosca negra es un insecto de distribución mundial que puede suponer un verdadero azote para el ganado y las personas cuando se presenta en elevadas densidades, ya que sus picaduras son muy molestas y a menudo requieren tratamiento médico. Su ciclo biológico se desarrolla mediante una metamorfosis completa (huevo, larva, pupa y adulto) y está estrechamente ligado a los cursos de agua, lugar donde tienen lugar las tres primeras fases.

En la última década se ha detectado un aumento considerable de sus poblaciones en numerosos ríos catalanes, en particular de la especie Simulium erythrocephalum, una tendencia que se ha extendido hace poco a otras partes de la península. En el tramo final de los ríos Ebro, Segre y Cinca la proliferación de la mosca ha sido espectacular. En el Ebro tal explosión guarda una estrecha relación con la mayor transparencia del agua en los últimos tiempos, la cual ha desencadenado el crecimiento masivo de plantas acuáticas sumergidas, sobre todo de Potamogeton pectinatus. Estas plantas ofrecen un hábitat ideal para la mosca negra, que se fija en ellas en las primeras fases de su desarrollo.

Antes de la construcción de los embalses de Mequinenza y Ribarroja a finales de los años sesenta del siglo pasado, las aguas solían ser turbias debido a la alta concentración de sedimento; ello impedía la penetración de la luz hasta el lecho fluvial y, por consiguiente, el desarrollo de plantas. Después, entre los sesenta y ochenta, los embalses regulaban el caudal del río y retenían más del 95 por ciento del sedimento. Pero ello coincidió con un incremento de aportes de nutrientes al río (debido al aumento de la población y de las actividades agrícolas e industriales) que favorecieron el crecimiento de fitoplancton. Este fue el responsable del color verde de las aguas del tramo final del Ebro entre los años setenta y noventa; y también evitaba que la luz llegara al lecho fluvial. Desde finales de los noventa, la implantación de sistemas de depuración de las aguas residuales ha conllevado una mejora de la calidad de las aguas del río. En concreto, ha disminuido la concentración de fósforo, lo cual ha frenado la proliferación de fitoplancton. Ello ha supuesto una clarificación de las aguas y la entrada de luz hasta el lecho, lo que ha propiciado el crecimiento masivo de plantas acuáticas y, a su vez, de la mosca negra. En definitiva, la cascada de cambios observados en el ecosistema fluvial del Ebro constituye un interesante ejemplo de los efectos del cambio global en nuestros ríos.

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