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  • Abril 2019Nº 511
Libros

Divulgación científica

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La autobiografía del maestro Martin

Luces y sombras en la última obra de uno de los mejores divulgadores de la historia.

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PURO ABRACADABRA
Martin Gardner
Páginas Libros de Magia, 2018

Puro abracadabra, editada por Páginas Libros de Magia, es la traducción al castellano de la autobiografía del que para mí —y para muchísima gente— ha sido el mejor divulgador de las matemáticas de todos los tiempos: el inimitable Martin Gardner. Fue la última obra del genio de la claridad, escrita con una máquina de escribir eléctrica cuando contaba 95 años de edad.

Esperaba con entusiasmo la traducción, pero, lamentablemente, me ha decepcionado. La vida de Gardner fue plácida y sin grandes sobresaltos, nada emocionante. Comparada, por ejemplo, con la del físico Richard Feynman (1918-1988), la vida de este «escriba filósofo» resulta anodina desde cualquier punto de vista que no sea el intelectual.

La autobiografía, que arranca desde su infancia en Oklahoma, se va convirtiendo en una lista de familiares y conocidos sin interés para el lector. Punto del que nos advierte el propio Gardner en el prólogo, al referirse a la obra como «lo que sigue es una divagación autobiográfica». Es cierto que es un lujo que el propio Martin nos cuente sus inicios y evolución como ensayista. Cómo, después de trabajar durante un par de años en calidad de reportero para The Tulsa Tribune y servir en el Ejército durante la Segunda Guerra Mundial, comenzó a hacerse un nombre en la revista Esquire con cuentos de ciencia ficción (uno de ellos fue The no-sided professor, un relato en el que un matemático crea una variante de la cinta de Möbius, cuya construcción culmina con la desaparición de la propia cinta; conocimiento que emplea para hacer desaparecer a otro matemático rival). Y cómo, en 1956, comenzó a escribir para Scientific American. Gardner mandó un texto sobre cómo construir flexágonos plegando papel. El artículo tuvo un éxito inusitado entre el público, de modo que el editor le preguntó si podría escribir una columna semejante cada mes. Su respuesta afirmativa acabaría convirtiéndose en la mítica columna Mathematical Games, «Juegos matemáticos», que estuvo a su cargo más de 25 años [véase «El universo matemágico de Martin Gardner», colección Temas de IyC n.o 77, 2014; y «Cien años con Martin Gardner», por Colm Mulcahy y Dana Richards, Investigación y Ciencia, octubre de 2014]. Sin duda, esos textos han generado más vocaciones matemáticas que ninguna otra obra en la historia.

Gardner mantuvo relación con gente de la talla de Isaac Asimov, Salvador Dalí o Vladimir Nabokov, por citar solo tres de los más de 500 personajes que aparecen en esta obra de 300 páginas. Gardner desea citar a tanta gente para que nadie quede fuera que, cuando nos describe estos encuentros, resultan insustanciales y atropellados. Incluso el proverbial sentido del humor del que hacía gala en sus textos aparece aquí trasnochado; la gran cantidad de historias «divertidas» que Gardner relata parecen bromas entre caballeros del siglo XIX.

Con todo, el libro también se convierte en lo que cualquier admirador de Gardner esperaría cuando escribe sobre matemáticas, magia o pseudociencia, aunque se trata de una pequeña parte del contenido. Aun así, nos encontrarnos con perlas donde reconocemos a Gardner en estado puro: «¿Por qué está el universo matemáticamente estructurado? ¿Por qué, como hace poco ha expresado Stephen Hawking, se ha molestado en existir? ¿Por qué hay algo en lugar de nada? Tal vez en Andrómeda haya formas de vida que sepan las respuestas. Yo, desde luego, no. Y usted tampoco». O: «Más influyó Newton en cambiar el mundo que cualquier rey, o reina, o gran jefe militar. Einstein, sentado y pensando en soledad, ha cambiado el mundo más que ningún político».

Gardner fue capaz de combinar la fe de su madre, «una metodista devota», con el escepticismo de su padre, un aficionado a la ciencia que le construyó a su hijo un laboratorio junto a la cocina hasta convertirse en «un misteriano». En la parte final del libro nos explica que cree en Dios, aunque es consciente de que «no solamente no existe prueba alguna de la existencia de Dios o de otra vida, sino que todos los datos disponibles apuntan vigorosamente a negarlo». El inolvidable Carl Sagan (1934-1996), poco antes de morir a causa de un cáncer, le preguntó a Gardner si creía en Dios simplemente porque eso le hacía más feliz. La respuesta de Gardner fue: «Mi fe descansa enteramente en mi deseo. Pero la felicidad que aporta no es como el momentáneo bienestar que produce un segundo martini. Es un escape duradero de la desesperación que sigue a la percepción hiriente de que uno mismo, y todos los demás, no tardaremos en desaparecer sin remedio del universo».

Gardner posee una extensa obra de más de un centenar de libros de divulgación científica, filosofía, matemática recreativa, poesía y ficción que han inspirado a varias generaciones. Si tuviera que escoger un solo divulgador científico de los muchos que me han impactado, elegiría sin duda a Martin Gardner. He disfrutado todas y cada una de las obras suyas que han caído en mis manos. Esta última ha resultado la más floja y desaliñada. Sin embargo, la recomiendo sin paliativos. La editorial Páginas Libros de Magia, gracias a la profesionalidad del editor, Juan Francisco Bonilla y, sin duda, a la admiración que siente por el autor, ha conseguido que el libro sea indispensable para cualquier seguidor de Gardner de habla española. El diseño es exquisito. La portada (el rostro de Martin construido con fichas de dominó) es obra de Ken Knowlton, uno de los pioneros de los gráficos por ordenador.

Esta edición española, que mantiene la introducción del singular matemago Persi Diaconis y el epílogo del mago escéptico James Randi, añade un bonus: un prólogo de nuestro matemago español, Fernando Blasco. Bonilla ha trufado la obra de notas aclaratorias y extensas informaciones que en ningún momento entorpecen la lectura, un índice onomástico de más de medio millar de personajes, y un índice de libros, revistas y periódicos que es un tesoro para quienes adoramos a Martin Gardner.

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