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1 de Abril de 2019
Genética

Los orígenes olvidados de la genética

El desconocido papel precursor de las casas de salud mental.

GENETICS IN THE MADHOUSE
THE UNKNOWN HISTORY OF HUMAN HEREDITY
Theodore M. Porter
Princeton University Press, 2018

En el nacimiento de la genética convergieron muchos factores cuyo conocimiento no discurre paralelo a su importancia. Theodore M. Porter, titular de la cátedra Peter Reill en la Universidad de California en Los Ángeles y autoridad en el pasado de la genética cuantitativa, con libros sobre Karl Pearson y el pensamiento estadístico, saca ahora a la luz el papel clave desempeñado por los datos hereditarios recogidos en frenopáticos, orfanatos y centros de reclusión.

El estudio de la herencia no emergió como ciencia ligada a la estadística, sino como un esfuerzo internacional para recoger datos de asociaciones que arrojaran luz sobre la enfermedad mental. Los archivos de levas del Ejército, los registros de cárceles, los libros de las oficinas de inmigración, censos, casas de seguros y otras instituciones incluían información que hoy nos resulta valiosísima. En 1830, la investigación sobre la herencia estaba ya saturada de números. Pese a ello, muy pocos conocen la obra del francés Jean-Étienne Esquirol o del británico John Thurnam.

Entre 1789 y 1900, el número de enfermos psiquiátricos o «débiles mentales» creció de forma explosiva en la Europa y América del Norte industrializadas. Entre los contemporáneos, unos achacaban el fenómeno al establecimiento de una atención médica y legal más rigurosa y a un diagnóstico más preciso. Para otros, en cambio, la culpa la tenía la mecanización fabril. En cualquier caso, la cifra de enfermos se multiplicaba y la Administración pública exigía pruebas de la eficacia de los tratamientos hospitalarios para justificar el gasto incrementado. El historial familiar y la historia clínica se recogían en cuadernos de incidencias, que se completaban con observaciones y con detallados árboles genealógicos que situaban las relaciones familiares en el marco del diagnóstico hospitalario. Había formularios estandarizados que permitían crear pautas de correlaciones entre el historial familiar y tipos específicos de enfermedades, para, al final, confeccionar censos nacionales de taras hereditarias.

Figuras clave de los inicios de la eugenesia, como Francis Galton, Karl Pearson y Charles Davenport, fueron herederos de una larga tradición médico-estadística. Pearson combinaba estadística, eugenesia y método científico. En su revista Biometrika encontramos, junto a trabajos de médicos y psicólogos, artículos de funcionarios de prisiones. La experiencia de Pearson fue retomada unos años más tarde por Davenport en la Oficina de Registro Eugenésico de Cold Spring Harbor, en Nueva York. En oposición a Pearson, Davenport sostenía que los experimentos de Mendel sobre híbridos vegetales lo habían cambiado todo. De 1908 en adelante creó una vasta empresa para identificar factores mendelianos en los defectos humanos más incapacitantes y costosos para el erario público, y elaboró árboles familiares para poner de manifiesto las proporciones mendelianas de la mayoría de las condiciones mentales. Su trabajo fue muy bien acogido en Europa y Estados Unidos, pero no le faltaron las críticas de Pearson y sus seguidores en los años treinta, cuando los genetistas iban a incoar una nueva era al aunar genética y evolución.

¿Quién fundó la genética? A tenor de la historia oficial, el reparto de méritos no puede olvidar los de William Bateson y Wilhelm Johannsen, quienes acuñaron los términos genética y gen, respectivamente, al alborear el siglo XX. En 1910, Thomas Hunt Morgan demostró la eficacia de las leyes de la genética en moscas del vinagre. Aunque la gloria debida sea para Gregor Mendel, quien mediado el siglo XIX cruzó razas de guisantes para descubrir las bases de la herencia. Con todo, no fueron ellos los pioneros. Hubo una fuente originaria más oscura: el estudio estadístico de la herencia en los «hospitales de inocentes» de las postrimerías del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX de Europa y América del Norte. En esos centros se empezaron a recopilar datos que se sistematizaban en tablas y gráficos, lo que permitió el alumbramiento de la concepción de la enfermedad mental como rasgo hereditario.

Cien años antes de introducirse cualquier concepto asociado al gen, los médicos de hospitales psiquiátricos comenzaron a crear catálogos de causas de enfermedades en el registro de admisiones, donde apuntaban, desde el mismo comienzo, el carácter hereditario de aquellos extraños trastornos. Pronto se percataron médicos y responsables de la Administración del Estado de la nula capacidad de curar o frenar el crecimiento de población afectada. Ante ello, la atención pasó a centrarse en cómo revertir la tasa reproductora de los enfermos, empezando por identificar a las familias portadoras de tales taras y obviar la generación de tales vástagos del matrimonio.

Genetics in the madhouse es una historia desconocida de la recogida y distribución de datos en los frenopáticos, escuelas para niños con discapacidades y prisiones que sembraron la semilla de la nueva ciencia de la herencia humana. Para ello, el autor ha vaciado los archivos de esas instituciones de Europa y América del Norte, lo que supone adentrarse en árboles genealógicos familiares, censos de enfermedades mentales, recuentos médico-sociales y prácticas cuantitativas innovadoras que se realizaron en los frenopáticos mucho antes de que pudiéramos manipular el ADN en el laboratorio. En los hospitales psiquiátricos se avanzaron muchos de los planteamientos y métodos de lo que más tarde se llamaría eugenesia.

Porter escalona temporalmente su exposición. En una primera fase se produce la entrada de registros sistemática de ingresos hospitalarios, con explicaciones ingenuas sobre las posibles causas de la enfermedad. Se prestó especial cuidado en refinar y normalizar las tablas. En un segundo momento, en torno al ecuador del siglo XIX, se idearon criterios para uniformizar la entrada de datos, con su clímax en las tablas de correlaciones entre relación de parentesco y forma de enfermedad, en un esfuerzo por sacar a la luz relaciones causales. Por último, desde el decenio de 1890 hasta el de 1930, el estudio de las relaciones familiares allanó el camino para abordar las poblaciones y, en particular, la eugenesia.

El estudio del genotipo y el fenotipo se vio beneficiado con técnicas estadísticas como tablas de correlación o análisis de regresión. Se entabló un agrio debate entre biometristas y mendelianos sobre la mejor forma de estudiar la herencia biológica. La nueva genética resaltaba la microscopía, la mejora vegetal y animal y los organismos modelo. Pese al intenso compromiso de los genetistas con la eugenesia y la medicina, Homo sapiens no era el organismo preferido. Era renuente a la manipulación en el laboratorio y su generación en el tiempo se prolongaba mucho en comparación con las moscas del vinagre, nematodos y virus. Hasta tiempos recientes, casi siempre los historiadores de la genética se hacían eco de los científicos de laboratorio y los mejoradores, al centrarse en los genes y luego en el ADN.

Inevitablemente, los métodos de estudio cambiaron con el transcurso del tiempo. Las primitivas tablas de correlación manuscritas y los mapas de familia cedieron paso a herramientas estadísticas más elaboradas, a la teoría genética y a los estudios actuales de asociación de genes. Tras la Segunda Guerra Mundial, los genetistas tomaron distancia de la ciencia asistencial frenopática y de la eugenesia. La influencia del sistema queda parcialmente velada por su crueldad y abandono. Y era fácil pasar por alto la red asistencial, pues era deficiente y descentralizada.

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