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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2019Nº 511

Neurociencia

Valor facial

El estudio de las regiones cerebrales responsables del reconocimiento de caras arroja luz sobre los mecanismos neuronales de la visión.

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En un curso introductorio de cálculo que impartía mi instituto, me enseñaron un día la densidad de las curvas. Con una simple pareja de ecuaciones diferenciales que modelizaban las interacciones entre los depredadores y las presas, surgían infinidad de curvas cerradas (imagínese infinitos círculos concéntricos anidados unos dentro de otros). Y no solo eso, la densidad de las curvas variaba según su posición.

Esto último me dejó perpleja, porque si bien me resultaba fácil concebir que una serie finita de curvas se juntaran o separaran, ¿cómo es que una infinidad de ellas era más densa en una parte que en otra? Pronto aprendí que había diversos tipos de infinito con cualidades aparentemente paradójicas, como el hotel inacabable del matemático David Hilbert (cuyas habitaciones están siempre ocupadas, pero siempre hay cabida para nuevos huéspedes) o la bola de Banach-Tarski (que partida en cinco pedazos es posible recomponer en dos bolas del mismo volumen que la original). Dediqué horas de estudio a estas demostraciones matemáticas hasta que lo dejé por su intrascendencia en el mundo tangible, pero la semilla del interés ya había arraigado.

Más tarde, como estudiante de grado del Instituto de Tecnología de California (Caltech), me sumergí en los experimentos de David H. Hubel y Torsten N. Wiesel y en su descubrimiento decisivo de cómo la corteza visual primaria del cerebro extrae el contorno de las imágenes transmitidas por los ojos [véase «Mecanismos cerebrales de la visión», por David H. Hubel y Torsten N. Wiesel; Investigación y Ciencia, noviembre de 1979]. Reparé en que lo que me había desconcertado en el instituto era en realidad el intentar visualizar infinitos de distintas densidades. A diferencia de los trucos matemáticos que había estudiado, las neuronas que procesan los bordes descritos por Hubel y Wiesel existen de verdad. Acabé por darme cuenta de que la neurociencia visual es un modo de conocer cómo surge la percepción consciente de una curva a partir de esa actividad neuronal.

No consigo describir la emoción que ese descubrimiento me causó. Opino que en cada etapa de la vida uno tiene un cometido, y el de cualquier universitario es soñar hasta dar con lo que te conquista el corazón y parece ser digno de consagrarle una vida. Hasta diría que la etapa más importante en la ciencia es hallar el problema correcto. Quedé cautivada por el reto de conocer los entresijos de la visión y me embarqué en el estudio del modo en que la actividad eléctrica del cerebro codifica la percepción visual de los objetos, no solo rectas y curvas, sino algunos de tan difícil definición como una cara. La consecución de ese objetivo exigía delimitar con exactitud las regiones del cerebro responsables del reconocimiento facial, así como descifrar el código neuronal subyacente, o sea, cómo logramos reconocer a las personas que nos rodean a través de una secuencia de impulsos eléctricos.

El viaje de descubrimiento comenzó en la Universidad Harvard, donde, ya graduada, estudié la estereopsia, el mecanismo con el cual se construye lo más profundo de la percepción a partir de las diferencias entre las imágenes que se forman en cada ojo. Un día me topé con un artículo de la neurocientífica Nancy Kanwisher, hoy en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), y sus colaboradores en el que daba a conocer el descubrimiento de una región del cerebro que responde con más intensidad a las imágenes de caras que a las de ningún otro objeto cuando a una persona se le practica una resonancia magnética funcional (RMf) en ese órgano. El artículo me pareció singular. Estaba habituada a dividir el cerebro en partes como los ganglios basales o la corteza orbitofrontal, que desempeñaban cierto propósito vago que solo empezábamos a entrever. La idea de una región dedicada específicamente a procesar las caras parecía demasiado fácil de entender y, por ende, inverosímil. Cualquiera podía plantear una conjetura razonable sobre la función de una región así, como que probablemente representase todos los rostros que nos resultan familiares, aparte de particulares sobre su expresión y sexo.

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