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El sentimiento de estar vivo

La búsqueda científica del origen físico de la consciencia.

THE FEELING OF LIFE ITSELF
WHY CONSCIOUSNESS IS WIDESPREAD BUT CAN’T BE COMPUTED

Christof Koch
MIT Press, 2019
280 págs.

Christof Koch, presidente y director científico del Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, en Seattle, ha escrito una obra de síntesis sobre el fenómeno de la consciencia, su principal tema de investigación desde su colaboración inicial con Francis Crick en los años noventa del siglo pasado. Este libro se suma a otros y a numerosos artículos de investigación y divulgación sobre la materia. En todos ellos, Koch busca una solución al problema de desentrañar qué une la experiencia consciente del dolor, la alegría, el color o el olor con la actividad bioeléctrica del cerebro: cómo un estado físico engendra uno no físico, subjetivo. Para deshacer ese nudo gordiano, Koch propone una teoría cuantitativa que comienza con la experiencia consciente y que procede hacia el cerebro. Una teoría que, es la tesis de este libro, se basa en el concepto de información integrada [véase «La teoría de la información integrada»; por Christof Koch; Investigación y Ciencia, enero de 2018].

Antaño considerada predio de filósofos, la consciencia se convirtió en objeto de inquisición científica en manos de Crick, una pasión que le había ocupado antes incluso de dedicarse a descifrar el código genético y descubrir la estructura de doble hélice del ADN. Actores de ese cambio de paradigma fueron también Ned Block, David Chalmers, Stanislas Dehaene, Giulio Tononi, Wolf Singer y, por supuesto, el propio Koch. Para ello se apoyaron en métodos para detectar la actividad de neuronas individuales, en estudios clínicos y en técnicas de formación de imágenes que posibilitaron la investigación no invasiva del cerebro humano en acción.

El cerebro humano, un órgano de 1400 gramos, es una masa de tipo gelatinoso fácilmente deformable al tacto. Bajo ese aspecto anodino se esconde una extrema complejidad. Desde el punto de vista morfológico comprende una amplia diversidad de tipos celulares, generados en buena parte durante el desarrollo embrionario. Contiene del orden de 100.000millones de neuronas y 1015 conexiones, o sinapsis. Cartografiar dichas conexiones no es fácil. Disponer de semejante mapa, conocido como conectoma, resulta indispensable para modelizar in silico las operaciones cerebrales.

El sueño de todo neurocientífico es obtener un conectoma a nanoescala del cerebro humano completo, una utopía aún muy lejana. Hasta ahora solo se ha obtenido el conectoma de dos especies: del nematodo Caenorhabditis elegans, en 1986, y de la larva de Ciona intestinalis, un urocordado, en 2016. En el conectoma cerebral se hallan los correlatos neurales de la consciencia; esto es, los aspectos de la función cerebral que se modifican cuando se producen determinados cambios en la consciencia.

Todos tenemos un conocimiento intuitivo de la consciencia. Es lo que se desvanece en el sueño sin ensoñación y se restaura cuando nos despertamos o soñamos. Es lo que somos y lo que tenemos. Si perdemos la consciencia, perdemos nuestra identidad y el mundo entero se nos disuelve en la nada. Ahora bien, neurólogos y psicólogos coinciden en que se trata de algo huidizo. Hay quienes esperan alcanzar una explicación, pero otros se muestran más pesimistas. Ante esta situación, lo más apropiado parece ser acopiar el mayor número posible de datos sobre los correlatos neurales de la consciencia. Aunque también es posible que lleguemos a saberlo todo sobre ellos y que, aun así, sigamos sin entender por qué determinados procesos físicos generan experiencias conscientes y otros no.

A la postre, la consciencia es un sentimiento de estar vivo. Muy extendida en el reino animal, no hay retazo alguno de ella en el mundo de la computación programable. Un robot puede detectar colores, sonidos o temperatura, pero la consciencia describe el sentimiento cualitativo que va asociado a tales percepciones junto con los procesos más profundos de reflexión, comunicación y pensamiento.

Las técnicas desarrolladas para medir la actividad cerebral han posibilitado la criba de teorías sobre la naturaleza de la consciencia, su constitución en el cerebro y los límites entre estar consciente e inconsciente. Al respecto puede mencionarse el caso de una joven de 23 años que en 2005 sufrió un accidente que la dejó en estado vegetativo sin capacidad de repuesta a los estímulos. Podía abrir los ojos y mostrar ciclos de sueño y vigilia, pero no respondía a las órdenes ni daba señales de movimientos voluntarios. Adrian Owen y sus colaboradores la examinaron con resonancia magnética funcional mientras le dictaban una serie de órdenes. Cuando le pidieron que imaginara participar en un partido de tenis, percibieron actividad en el área motora suplementaria del cerebro. Cuando le solicitaron que se imaginara deambulando por su casa, la actividad se avivaba en tres áreas cerebrales asociadas con el movimiento y la memoria. Los neurocientíficos registraron las mismas pautas en individuos sanos a quienes se les dictaron idénticas órdenes. El hallazgo de que las personas en coma mostraban signos de consciencia transformó la neurociencia.

De las múltiples teorías sobre la consciencia que se han avanzado en los últimos decenios, Koch ha contribuido al desarrollo de la teoría de la información integrada, esbozada originalmente por Giulio Tononi en 2004. Inspirada en el panpsiquisimo, la teoría asigna a cada estado cerebral individual una forma o espacio en el que emerge la experiencia subjetiva. Un postulado esencial es que la consciencia depende de un sustrato material, pero no es reductible a él ni tampoco privativa del ser humano.

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