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Nuevas pistas sobre el origen del bipedismo

El reciente hallazgo de los fósiles de un simio extinto hace replantear la evolución de nuestro peculiar modo de locomoción.

El simio extinto Danuvius guggenmosi se habría movido por las ramas con la ayuda de los brazos y sobre la planta de los pies. Sus fósiles, hallados en Baviera, ofrecen nuevos datos sobre el origen de nuestro bipedismo. [VELIZAR SIMEONOVSKI]

Desde que los estudios de Charles Darwin sentaran las bases para comprender la evolución humana, las preguntas sobre cuándo, por qué y cómo nuestros ancestros empezaron a caminar sobre los dos pies siguen abiertas. El bipedismo, caracterizado por adaptaciones en el esqueleto para andar erguidos de forma habitual, es un rasgo distintivo que permite asignar los fósiles al linaje de los homininos (todas las especies más cercanas a la nuestra que al chimpancé o al bonobo, nuestros parientes vivos más próximos). A tenor de las pruebas fósiles existentes, algunas más controvertidas que otras, se piensa que la respuesta al «cuándo» es entre 7 y 5 millones de años atrás, al final de la era del Mioceno (hace entre 23 y 5 millones de años).

Las respuestas al «por qué» y «cómo» evolucionó la marcha bípeda en los homininos dependen en buena medida del tipo de locomoción primitivo que dio origen al bipedismo terrestre. ¿Evolucionó a partir de un ancestro que vivía sobre todo en los árboles, o de un cuadrúpedo que ya andaba por el suelo antes de erguirse y empezar a caminar sobre los dos pies? En un artículo de Nature, Madeleine Böhme, de la Universidad de Tubinga, y sus colaboradores presentan el descubrimiento en Baviera de los restos de un simio de mediados del Mioceno al que han bautizado Danuvius guggenmosi. Esta especie se desplazaba de una manera hasta ahora desconocida y, según los autores, podría ofrecer un modelo del tipo de locomoción a partir de la cual surgió el bipedismo en los homininos.

 

Dos perspectivas de estudio

Los interrogantes en torno al origen del bipedismo y cómo se movía el último ancestro común de los humanos, los chimpancés y los bonobos suelen abordarse mediante dos metodologías: de arriba abajo o de abajo arriba. Darwin y muchos paleoantropólogos confiaron en la primera estrategia, que recurre al estudio de los primates actuales, en especial los grandes simios, para hallar pistas sobre la evolución de la marcha bípeda. Los simios africanos (chimpancés, bonobos y gorilas) se encaraman a los árboles para comer, dormir o refugiarse, pero pasan la mayor parte del tiempo en el suelo empleando los nudillos para caminar. Dado nuestro estrecho parentesco genético con estos primates y el hecho de que compartimos con ellos ciertos rasgos en manos y pies, algunos autores han inferido que el bipedismo en los homininos evolucionó a partir de un ancestro que caminaba sobre los nudillos, o bien de un cuadrúpedo más generalizado sin este tipo de marcha,que repartía su tiempo entre el suelo y los árboles. Por el contrario, otros investigadores han aducido que la postura bípeda que adoptan los orangutanes para moverse por los árboles, y las similitudes mecánicas entre el uso de las extremidades inferiores en los simios para trepar y en los humanos para caminar, reflejan que el bipedismo surgió a partir de un primate adaptado a la vida en los árboles

Aunque razonable, esta metodología de arriba abajo se ve limitada, como reconoció el propio Darwin, al análisis de las pistas aportadas por las pocas especies de grandes simios que siguen vivas. Sin embargo, se ha esgrimido que la anatomía de uno de los primeros posibles homininos del que disponemos de un mayor registro fósil —Ardipithecus ramidus, de hace unos 4,4 millones de años— es claramente distinta a la de los grandes simios actuales. Ello parece indicar que los simios africanos y los orangutanes asiáticos de hoy despliegan comportamientos locomotores bastante especializados, en comparación con sus ancestros primitivos. Cada especie viva de primate es el resultado de su propia y larga historia evolutiva y, en el caso de los simios africanos, la solemos olvidar, dado el escaso registro fósil que ha dejado. La ausencia de restos que aclaren cómo evolucionaron los simios africanos complica aún más poder dar respuesta a los interrogantes sobre la naturaleza de nuestro ancestro común.

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