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¿Por qué necesita el cerebro que hagamos ejercicio?

Puede que algunas transiciones fundamentales de nuestra historia evolutiva hayan conectado cuerpo y mente de unas formas que podemos utilizar para ralentizar el envejecimiento del cerebro.

BRYAN CHRISTIE DESIGN

En síntesis

Actualmente, es bien sabido que el ejercicio tiene efectos positivos sobre el cerebro, especialmente a medida que envejecemos. No obstante, hasta hace poco no había una explicación clara para ello.

Sucesos fundamentales de la historia evolutiva de los humanos pueden haber forjado una conexión entre la actividad física y la función cerebral.

Los ejercicios físicos que son cognitivamente exigentes pueden resultar más beneficiosos para el cerebro que aquellos que requieren un menor esfuerzo cognitivo.

Durante la década de 1990, los investigadores anunciaron una serie de descubrimientos que contradecían uno de los pilares de la neurociencia. Durante decenios, se había creído que era imposible que en el cerebro maduro crecieran neuronas nuevas. Al llegar a la edad adulta, este empezaba a perder neuronas en lugar de crear más. Sin embargo, cada vez aparecían más pruebas de que sí podía generarlas. En un experimento especialmente sorprendente realizado con ratones, unos científicos descubrieron que el simple hecho de correr sobre una rueda provocaba el nacimiento de neuronas en el hipocampo, una estructura asociada a la memoria. Desde entonces, otros estudios han demostrado que la actividad física también ejerce efectos positivos en el cerebro humano, sobre todo a medida que envejecemos, y que incluso puede ayudar a reducir el riesgo de padecer alguna enfermedad neurodegenerativa, como el alzhéimer. Pero la investigación planteó una pregunta fundamental: ¿por qué el ejercicio afecta al cerebro?

La actividad física mejora el funcionamiento de numerosos órganos, pero los efectos suelen estar relacionados con una mejoría de la condición física. Por ejemplo, cuando caminamos o corremos, nuestros músculos necesitan más oxígeno y, con el tiempo, nuestro sistema cardiovascular responde aumentando el tamaño del corazón y fabricando nuevos vasos sanguíneos. Los cambios cardiovasculares son principalmente una respuesta al esfuerzo físico asociado al ejercicio, el cual puede, a su vez, mejorar la resistencia. ¿Pero qué tipo de esfuerzo puede provocar una respuesta del cerebro?

Para responder a esta cuestión es necesario que nos replanteemos la idea que tenemos del ejercicio. La gente suele pensar que caminar y correr son actividades que el cuerpo puede realizar en modo «piloto automático». Pero la investigación llevada a cabo durante la última década, tanto por nosotros como por otros equipos, parece demostrar que esta creencia popular es errónea. En lugar de ello, el ejercicio conllevaría no solo un trabajo físico, sino también cognitivo. De hecho, el vínculo existente entre la actividad física y la salud mental se remonta hasta los orígenes de los rasgos distintivos de la humanidad, hace millones de años. Si podemos comprender mejor por qué y cómo el ejercicio activa el cerebro, tal vez logremos utilizar las vías fisiológicas pertinentes para diseñar nuevas rutinas de ejercicios que estimulen la cognición de las personas a medida que envejecen, un objetivo en el que ya estamos trabajando.

Flexiones cerebrales

Para averiguar por qué el ejercicio beneficia al cerebro, primero hemos de tener en cuenta qué aspectos estructurales y cognitivos son más sensibles a la actividad física. En la década de 1990, investigadores del Instituto Salk de Estudios Biológicos en La Jolla, California, dirigidos por Fred Gage y Henriette Van Praag demostraron que, en los ratones, correr aumenta el nacimiento de neuronas en el hipocampo, y observaron que este proceso parecía ir unido a la producción de una proteína llamada factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, por sus siglas en inglés). La proteína, que se produce en todo el cuerpo y en el cerebro, fomenta el crecimiento y la supervivencia de las neuronas nuevas. El siguiente paso que dieron el grupo de Salk y otros fue demostrar que la neurogénesis inducida por el ejercicio en los roedores guarda relación con un mejor desempeño en las tareas asociadas a la memoria. Los resultados de estos estudios fueron sorprendentes, porque la atrofia del hipocampo suele vincularse con problemas de memoria durante el envejecimiento de las personas sanas y, en un grado mucho mayor, en las que padecen enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer. Los hallazgos de los experimentos con roedores proporcionaron un primer atisbo de cómo el ejercicio podría contrarrestar este deterioro.

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